Camboya, ¿Cómo la describiría? Podría decir que es África en Asia. Un reino, con una imagen real en todos los lugares a los que mires. Un país encastrado entre Vietnam y Tailandia. Ambos los habíamos visitado previamente y en un vuelo desde Hanoi, llegamos a Siem Riep.
La intención era visitar Angkor Wat como plato fuerte y con el tiempo sobrante ver alguna que otra peculiaridad de los alrededores de la cuidad.


Una vez aterrizamos, pisamos el aeropuerto más extraño que he visto nunca. No había ni siquiera un ordenador, ni una pantalla de información. Todo manual. Los oficiales, tras una mesa enorme, se van pasando los pasaportes y lo sellan hasta que, si todo es correcto, te los devuelven, previo grito de tu nombre, al final del mostrador.
Salimos de allí y nos pasó como en muchos otros aeropuertos. El impacto que te abruma al llegar a un sitio nuevo, exótico. Era de noche y solo veía tuk tuks, polvo , tierra ocre y gente con un aspecto diferente al esperado. ¿He dicho que Camboya es el África de Asia? pues también lo podemos aplicar a las apariencias. Rasgos asiáticos en una piel de color marrón y con unos labios gruesos que nos hacen transportarnos a Centroáfrica. Exóticos y sobre todo exóticas. Es inevitable sentirse atraído por esa combinación.


Saliendo desde Vietnam, un país con ciertos niveles de pobreza, al llegar a Camboya supone otro golpe a la cruda realidad. Más, si cabe. Las necesidades se ven nada más dar un breve paseo por la cuidad. Siem Riep, la más turística, nos deja la típica estampa de como el turismo masivo rompe la cultura de todo lo que toca.
No es que sea una cuidad fea, no me lo pareció, pero si que muestra rasgos de adaptarse al turismo por necesidad. Y más cuando el mayoritario es el americano. Con todas las comodidades que suelen requerir. Mega hoteles con mega infraestructuras donde sirven mega hamburguesas. Por supuesto que los camboyanos prefieren el dólar traído por estos últimos visitantes. ¿A que me recuerda? Ah si, a los países de África. Lo se, que insistente con esto, pero es tan asombroso el parecido, que necesito pregonarlo a los cuatro vientos.


El breve paseo en tuk tuk desde el aeropuerto nos hizo ver y oler la cuidad con el viento azotando nuestras caras. Una buena experiencia como primera toma de contacto.
Mención aparte tiene la visita a Angkor Wat. Magnífica. Esos templos tan soñados desde que los pude hojear en una revista hace años atrás. Pero no me extenderé en las ruinas donde la vegetación se abre camino. Prefiero hablar de nuestra excursión del día siguiente, un pueblo flotante en el lago Tonle Sap.


Nos despertamos después de una noche calurosa posterior a una lluvia incesante por horas. Nuestro anfitrión nos brindó un desayuno local, consistente en unos fideos con gambas y café muy fuerte. Mi hermano se comió los dos platos, ya que no puedo con ese sabor a pescado a primeras horas de la mañana. Mientras, pensamos en cómo íbamos a aprovechar nuestro último día en Camboya. Quizás alquilar una moto o una bicicleta y recorrer sin más. Sin destino, sólo ver, oler y sentir.


Le preguntamos a nuestro amigo, dueño y anfitrión y con una cara de espanto, nos recomienda no hacerlo. No, no solo fue una recomendación, fue una obligación. De ninguna manera iba a permitir que nos perdiéramos por las calles en un vehículo propio. Muy arriesgado según él. Yo no estaba muy de acuerdo, ya que soy de aventurarme y si hay algo de riesgo, pues un plus añadido. Aún así, aceptamos su recomendación, que consistía en visitar un pueblo flotante en el lago Tonle Sap. Pero no uno cualquiera, ni uno turística, sino que uno donde la gente no suele llegar, ya que ni es sencillo, ni tiene muchos servicios para turistas. Nos dejamos convencer, ya que además, necesitábamos algo relajado después del esfuerzo de visitar Angkor Wat.


Las dimensiones de este lago es de otra dimensión. El mayor del sudeste asiático y es efluente del famoso MeKong. Es grande, mucho, y con un color ocre, característico por los sedimentos transportados. Difícil verlo desde Google satélite por su color, pero ahí está, en medio de un país al que le da vida.
Salimos de Siem Riep y a través de una carretera en buen estado, veíamos como se sucedían los comercios ambulantes a ambos lados de la. carretera. ¿A que me recuerda?. Marruecos, o quizás los suburbios de Jordania. El polvo y el color de la tierra nos transporta a otro lugar. Hace días que dejamos atrás el verde de Vietnam, y ahora sentimos la sequedad y el calor asfixiante sobre nosotros.


El Toyota, viejo y que no dejaba de ser un turismo sin tracción a las cuatro ruedas, recorría las carreteras con soltura, mientras su conductor nos contaba la historia de sus país. En un inglés difuso pero más que suficiente para que mi hermano y él pudieran dialogar fluidamente. Yo, en el asiento de atrás, miraba el entorno que me tenía hipnotizado. Sacaba fotos sin exceso, ya que nunca he sido partidario de disparar la cámara desde un vehículo. Que fotos más horteras suelen quedar. Dignas del típico «móvil» viajero.
La venganza de mi hermano, llegó una año después, al insistirme que me sentará delante, junto a un taxista conversador en un largo trayecto en Argentina. (Maldito coronavirus)


Paramos en un bar en medio de la ruta. Un bar sencillo, o más bien, simple. Comimos no recuerdo bien el qué entre atentas miradas de los locales. La cosa iba bien, estamos adentrándonos en zonas donde el turista no es frecuente. La ruta sigue, y mi hermano sigue de conversación histórica sobre Camboya y las dificultades que tienen sus habitantes para moverse a países vecinos.
La previa a la llegada al lago, después de las épocas de lluvias y con las carreteras en un estado lamentable, es épica. Baches enormes en los que el Toyota parecía destartalarse, y donde su conductor volanteaba sin sentido para esquivar lo que ocupaba todo el camino.


A los lados, pobreza. Y no la que habíamos visto en los países vecinos. Esto ya es pobreza extrema. Las casas se posicionan sobre postes de madera para evitar inundaciones cuando el lago engulle el agua de las épocas monzónicas. Gente que mira el paso de nuestro vehículo mientras trabaja en las faenas de la casa. Eso sí, manteniendo la sonrisa, que para algo estamos en Asia. Vi más sonrisas allí que en Noruega. Quizás valoren estar vivos, sobreviviendo en ese rincón complicado del mundo en el que les ha tocado nacer.
El Toyota consigue llegar al borde del lago, y me siento responsable de los daños que puede haber sufrido en sus bajos. Preocupaciones de capitalista, ya que veo que su dueño no lo está lo más mínimo. Al contrario, contento, nos dice cuáles deben ser ahora nuestros siguientes pasos. Mientas, él esperará hablando con los pocos comerciantes de la zona.


Si destartalado quedó el Toyota, no voy a mencionar como estaba el barco al que nos subimos. Una especie de patera, con un motor de coche y una caja de cambios incrustada, y con un conductor al frente que nos trasladaría los kilómetros que separan el muelle con el pueblo flotante. Solos, sin acompañantes y sin más pieles blancas alrededor, zarpamos y empezamos a sentir el viento fresco en nuestras caras.
El barquero no hablaba ningún idioma que yo conociera, y viceversa, asique con gestos le íbamos indicando cualquier inquietud que tuviéramos. El motor del barco rugía y uno se sentía el mayor aventurero del mundo, cruzando un lago turbio en dirección a lo desconocido.




Se suceden los palafitos, las casas sobre postes, la pobreza, la gente pescando, los niños buscando entre la basura a los bordes del lago, el colegio flotante, más pobreza, más sensaciones extrañas, pero las mismas sonrisas de siempre.
Kompong Khleang es nombre el pueblo flotante del que hablo. De todos, el menos turístico. Donde no se usan a los niños como reclamo ni se les explota para ganar unos cuantos Riel. De ahí que aceptaríamos ir a esa excursión.
Quizás hay quien diga que es poco ético el conocido como turismo de pobreza. Ver lugares pobres como reclamo. Yo les preguntaría, ¿Habéis estado en Dubái? ¿en San Francisco?, o ¿habéis hecho un safari por Kenia?, ¿de yogui en la India?. Mejor aún, seguro que les encantó Petra en Jordania. Unos lugares increíbles, ¿cierto?. Será que solo han visto la cara vista de la moneda, ocultos en la cortinilla de un bus, saltándose los rincones donde la pobreza asoma. Claro, así a la vuelta tenemos la conciencia de que todo está bien, que el mundo es junto con todos y no hace falta ayudar a nadie.


Al adentrarnos en el lago, éste se ensancha demostrando que no es un cualquiera. Impone con su magnitud y su color. Es grande y lo sabe, por eso permite que un poblado de refugiados vietnamitas habiten en él. Ahí nos dirigíamos, a un pueblo al margen de la ley a la que solo te puedes acercar lo justo y necesario. De ahí que los turistas elijan otras opciones, donde puedes interactuar más y donde puedes ver menos realidad. El reino de Camboya y Vietnam han sido grandes enemigos en el pasado y en el presente pagan los de siempre. Historia aparte, el entorno es bello e imponente y la vuelta la hacemos en silencio, escuchando el motor del barco y sintiéndonos en un entorno único.
Nuestro anfitrión, después de hacer sus compras nos espera en el mismo puerto y en el mismo mercado del que salimos. Arranca el coche y a velocidad crucero, volvemos a Siem Riep, la cuidad que clama a los pies de los templos de Angkor Wat.


1 comentario en “Camboya, ocre sobre el lago Tonle Sap”
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