Bilbao está el norte de España, muy al norte. En verano es una válvula de escape para los que quieren evitar el calor del sur. Allí, las temperaturas son suaves y en la cercana San Sebastián se puede disfrutar de un agradable baño admirando un paisaje increíble. Eso en verano, en invierno es otra cosa.
Hablamos de un diciembre cualquiera el cual decidimos recorrer Bilbao y el norte de España para llegar a Lourdes en coche. Un viaje corto, pero con ciertos añadidos que lo hacen interesante. El vuelo movido nos hace llegar a Bilbao y allí, un aeropuerto famoso por sus aterrizajes movidos por el viento, nos recibe en un lluvioso día.


Recogimos nuestro coche de alquiler y bajo una fuerte lluvia recorremos la pequeña distancia que nos llevaría al centro. Suerte tuvimos de encontrar aparcamiento, y no sin tener un percance con otros desesperados por tener esa misma suerte. Miradas desafiantes y el sitio fue nuestro.
A ritmo de Sergio Dalma, «comer en Bilbao es comer» te sientas en la mesa y, si tienes hambre, pides sin pensar en lo que te espera. Con el frío nos apetecía plato de cuchara asique pedimos unas lentejas y un vino tinto. Esperamos mientras miramos por las cristaleras del bar, viendo la lluvia caer y las gotas deslizarse carrera abajo para dar con el frío suelo. Las lentejas llegaron, pero no en raciones. Llegaron en un caldero grande con un cucharón dentro para que, a modo casero, nos sirviéramos al gusto. El vino igual, una jarra y te sirves a granel en vasos para ir entrando en calor. Y así fue, entre cucharones de lentejas y sorbos de vino como notamos que la cuidad nos recibía de las mejores de las maneras posibles.


Con los estómagos llenos nos dirigimos a hacer la entrada en nuestro alojamiento por los días que estuviéramos en «Bilbo «. Un piso moderno, hasta el punto que diría que parecía un loft industrial. Nos recibió la madre de la dueña, chicharachera y con un marcado acento vasco.
-Vaya tiempo que hace.
-Si, bueno, nosotros venimos de Canarias, que te voy a decir.
-No no, pero esto no es normal, hay alerta por lluvia y nieve. Creo que esta nevando aquí mismo, a un par de kilómetros de la ciudad y van a estar todas las carreteras cortadas.




La predicción no era buena para conducir por carreteras de montaña con un simple turismo. Dejamos de pensar en ello y bajamos a ver la ciudad de noche. Seguía lloviendo y el calzado de mi hermano no era el más apropiado. El agua le entraba y empapaba sus pies, con la incomodidad que eso supone. Con unas bolsas de basura enfundadas como calcetines, nos dirigimos al centro de la cuidad. Bilbao es bonito, limpio y con una gente seria y ordenada. De noche y bajo la lluvia aún se realzan más las formas de sus edificios. Las luces de Navidad ya alumbraban las plazas y el Guggenheim reflejaba sus formas sobre las tranquilas aguas del río Nervión. Pasear por el casco viejo es volver a otros tiempos. Calles estrechas y peatonales invitan a entrar en las tiendas o en los bares a dejar pasar el tiempo. Mi madre nos acompañaba, ya que su objetivo era ver Lourdes. Pero en ese momento disfrutábamos de Bilbao, y de su rica gastronomía. Los pinxos era nuestro objetivo y los probamos en algún que otro bar, aunque debo admitir que no estuvimos del todo acertados. Quizás la lluvia limitó nuestros movimientos porque esa noche recuerdo llegar a casa con hambre. La primera toma de contacto con la cuidad fue increíble, dejándonos una sensación de querer volver a visitarla con más tiempo.


La noche fue intensa. Ya en casa, la lluvia caía con fuerza. Mi madre en el sofá cama del salón, podía ver el espectáculo de truenos y relámpagos sobre los tejados de los edificios colindantes. Según las noticias, una de las tormentas más potentes de los últimos tiempos. Nos dormimos y nos despertábamos constantemente por el rugido del cielo, a sabiendas que posiblemente tendríamos que cancelar nuestra ruta de los siguientes días.
El sol, culpable de que el día se haga, brilla sin mucha fuerza. La lluvia ha perdido fuelle y creemos que es momento de comenzar la ruta. Ponemos dirección hacia San Sebastián. Las avenidas nos muestra una cuidad bonita, ordenada y europea. Poca gente en las calles debido a las bajas temperaturas, que según recuerdo se aproximaba al cero. La playa de la Concha, vacía y con la forma de su nombre, nos muestra la bahía en todo su esplendor. La isla de Santa Clara en frente y rodeada por los verdes montes, nos hace sentir privilegiados por poder presenciar la belleza de la naturaleza. El frío sigue haciendo de las suyas, bajando de los cero grados y la fina nieve hace acto de presencia. Los copos, que caen despacio, nos van dejando una capa blanca sobre nuestros abrigos y la niebla al fondo hace que el espectáculo sea más místico si cabe. Entusiasmados, sacamos fotos y disfrutamos del momento, mi madre, mi hermano y yo nos sentimos como niños pequeños jugando con el mar por primera vez.


Dejamos esa maravillosa cuidad y ponemos rumbo al este. Vemos pueblos cubiertos de nieve y camiones de sal dejando la carretera limpia. Todo marcha bien, con incertidumbre, pero bien. Paramos en una cafetería y podemos ver que la nieve ya no es fina, ya es nieve de verdad. La ruta sigue y cruzamos la frontera para, a ritmo de la marsellesa, conducir por el país vecino, Francia. Es la primera vez que mi madre sale de las fronteras de España, y sentimos emocionados, que la experiencia debe ser repetida más veces y más a menudo.


La elegante Biarritz, símbolo de las vacaciones de la realeza europea muchos años atrás, nos saluda en la fría tarde. Bañada por el mar Cantábrico nos damos cuenta de que es una localidad que vive de cara al mar. Este es bravo, perfecto para los surfistas más arriesgados que buscan un extra de adrenalina. Hacia mucho frío y llegamos a nuestro alojamiento, un apartamento en un barrio residencial. Cómodo y con dos habitaciones, con lo cual, mi madre se quedaría en el salón, en el sofá cama. A petición de ella, que conste. Arrancamos de nuevo el coche y nos dirigimos al centro, para ver el ambiente. Aparcamos en un gran aparcamiento en una colina que conectaba con el centro por medio de una pequeña escalera. Bajamos y estábamos en la plaza de la catedral de Santa Eugenia. Esta iglesia neogótica es imponente, al igual que lo es ver las calles y el entorno completamente vacío. ¿El motivo? Una alerta por frío como hacia décadas que no se recordaba. Y allí, nosotros, con los guantes enfundados, recorrimos las callejuelas de esa peculiar cuidad. A la hora de la cena, era otra historia. En Francia se cena temprano y ya no lo era tanto. Encontramos algunos locales, pero al estar fuera de temporada y el ser tarde, estaban cerrados. Aún así, nos metimos en un bar regentado por un argentino y pudimos degustar el buen vino francés, acompañado de el buen queso francés, pareja inseparable. Biarritz en verano debe ser completamente diferente, pero siendo sincero, alertas aparte, me gusto verla así de vacía, solo para que nosotros la degustáramos. Al recoger el coche en el parking, en lo alto de la meseta, vimos la cuidad iluminada, con un fuerte viento que hacía que las olas fueran pura espuma. Se conseguía ver La Rocher de la Vierge, la famosa roca con la virgen María sobre ella. Era un ambiente mágico, una de esas estampas que no olvidas nunca. Mi hermano sintió lo mismo y mi madre desde el coche nos apuraba para irnos, ya que el viento y el frío eran de tal magnitud que nuestros cuerpos ya pedían refugio.


De vuelta en nuestro particular apartamento, encendimos la calefacción al máximo para conseguir el calor que necesitábamos. El tiempo pasaba y el frío seguía metido en el cuerpo. La calefacción no daba a basto. Llamamos a la dueña y nos dijo que la calefacción va bien pero que no estaba preparada para tanto frío. Era una situación excepcional y que lo más que podía hacer era llevarnos mantas extra. Acudimos mi hermano y yo a recoger la suculenta bolsa llena de mantas que nos traía la guapa francesa. Vaya sorpresa, ohlalá!. Nos las pusimos como pudimos y pasamos una buena noche sintiendo el viento en el exterior pero al abrigo de nuestras camas. El día siguiente el día amaneció radiante y desayunamos viendo a la vecina del frente haciendo croché, que para algo es una palabra francesa. Relajante espectáculo en un Biarritz a la luz del sol, a través de los grandes ventanales de las viviendas, que buscan el más mínimo rayo de sol.


Volvemos a la ruta encarando los últimos kilómetros para llegar a nuestro siguiente destino, Lourdes. Ya lo teníamos cerca y esta vez el tiempo nos acompañaba. El sol sale en el último desvío antes de entrar en el pueblo y vemos los Pirineos en todo su esplendor. La nieve deja un paisaje blanco con los cerros puntiagudos de fondo. Un lago en una de nuestras paradas hace que las fotos parezcan sacadas de un fondo de Windows. Solemne. Seguimos las señales del GPS y llegamos Lourdes. Lo pequeño no quita lo grande y estamos hablando del mayor centro de peregrinación del mundo. El cristianismo tiene allí su meca debido a la aparición de la Virgen María a una pastora allá por el año 1858. Fue en una cueva que aún se conserva y sobre ella se construyó el gran santuario de Nuestra Señora de Lourdes.


El coche nos dirigió a nuestro alojamiento, un pequeño hotel familiar a orillas del río Gave de Pau. Aparcamos asombrados por no ver apenas tráfico. ¿Qué apenas?, nada de tráfico. En recepción una joven católica multilingüe nos atiende en un pobre español. El hotel estaba completamente vacío y nos fuimos hacia nuestra habitación triple, que realmente por un error era doble asique vuelta a la multilingüe y vuelta a nuestra, esta vez si, flamante habitación triple. Era el altillo y teníamos una vista increíble. El río, las montañas, la nieve, el todo y la nada de humanidad, nos dejaba boquiabiertos cada vez que mirábamos a través de los cristales. Salimos a ver el Santuario y la plaza que lo precede. Es tan grande y tan majestuoso que te sientes pequeñito en ese lugar. Los pocos peregrinos que habían llegaban de rodillas, cumpliendo las promesas prometidas. La misa, en un francés cantado, nos dejó hipnotizados, en la que creo que es la mejor misa que he vivido en mi vida.


El frío era extremo y había alerta por ello. Según los locales, no recordaban una ola de frío de tal magnitud. El mercurio bajaba a los – 6°, pero la sensación térmica era de – 15°. No íbamos preparados para tanto frío y lo notaba penetrando por cada costura mal cosida de unos abrigos preparados para climas menos gélidos. Las manos se agrietaban y mi hermano tuvo que prestarle los guantes a mi madre. Bajamos a la cueva y allí, solos en una zona preparada para albergar a miles de personas, nos sentimos privilegiados de sentir la paz de un lugar tan sagrado. El agua, famosa por ser curativa, caía sobre nosotros, filtrada por la dura roca.


Para finalizar la visita, mi hermano y yo decidimos recorrer el Vía Crucis, representado con figuras a tamaño real, que por su apariencia parecían de bronce. El frío era tal, que mi madre decidió quedarse en la basílica, al abrigo de sus gruesas paredes. El recorrido es muy bonito, y aunque no me conocía las estaciones, solo con la representación de las figuras, puedes hacerte una idea. Volvimos a la basílica y descansamos, sintiendo como nuestros cuerpos entraban en calor en un ambiente tranquilizador.


Los días pasaban y las calles seguían tranquilas, sin apenas gente. Desayunábamos en el mismo local donde cenábamos, un bar de los pocos que estaban abiertos, donde nos servían comida típica del país. De desayuno, unos croissant y un café con leche muy caliente y de cena lo que tuvieran en la carta ese día. Creo recordar que la tortilla francesa es la peor que he probado en mi vida, curioso estando en el país de su creación. La salida del local calefactada al máximo necesitaba preparación. Abrigo, guantes, bufanda y mirar al exterior por la cristalera de la puerta para, tras un empujón, salir corriendo al hotel. Pasar de más de veinte grados a los gélidos negativos, hacía que por momentos entrarás en hipotermia. Esta vez me tocó a mi, tras la que recibió mi hermano en Bergen años atrás. Corriendo y tiritando llegue a la puerta del hotel con la sensación de adormecimiento de todo mi cuerpo. Hacia frío si, pero también era culpa de lo poco preparada de nuestra ropa.


Una mañana cualquiera de un espectacular día en el que el sol nos saludaba con una sonrisa, debíamos salir de regreso a tierras hispanas. Bajamos al coche, para conducir sin parar hasta llegar a nuestro destino. No sin antes tener que descongelarlo, ya que mi madre se había dejado la ventanilla trasera abierta y en el interior parecía haber polvo de diamantes (entiéndase la frikada). Raspamos los cristales tras echarles agua y pudimos salir en dirección oeste. Un desvío intencionado nos introdujo en el Parque Nacional de los Pirineos. Vimos la nieve en todo su esplendor y las estalactitas que colgaban de cualquier roca. Mucho frío tenía que haber hecho días atrás para generar semejante espectáculo. Una belleza en formas de cristales y un manto de nieve gruesa nos despedían de esta preciosa zona de los Pirineos.


La vuelta fue rápida y a medida que nos acercábamos al País Vasco el tiempo empeoraba. Cerca de San Sebastián, paramos a almorzar en un bonito bar. Estaba lleno de gente, algo que en estos momentos de coronavirus es inimaginable. Pedir fue complicado- Gritos entre la multitud para que nos pusieran tortilla, pinxos y mejillones frescos. Lo disfrutamos como niños, la comida estaba riquísima y los vinos acompañaban perfectamente a estos sabores del norte. Pedimos la cuenta, pagamos y al irnos nos dimos cuenta que era demasiado barato para lo que habíamos comido. Esos mejillones tenían que cotizar al alza, y por ese precio si lo sé, me pido cinco platos más. Resulta que entre tanto alboroto de vascos pidiendo su merecida comida, se habían equivocado y nos habían dejado de cobrar lo más caro del menú. Una pena, pero a esos alturas dar la vuelta para pagar el faltante nos haría perder el vuelo de vuelta.


Asique, con la barriga llena y con la cartera con algunos euros de más, seguimos al aeropuerto, no sin antes desviamos para ver un lugar que hasta hace poco era desconocido, pero que gracias a una gran serie, ahora era uno de esos lugares sagrados para los incondicionales. Hablo de San Juan de Gaztelugatxe, el islote con conforma RocaDragon, el castillo de Danerys Targaryen en Juego de Tronos. Fricadas aparte, la isla es preciosa. Unida a tierra por una escalera de piedra en su interior alberga una vieja ermita. En contra de lo que mi madre quería, decidimos enfilar la angosta carretera para llegar al mirador que permite ver una panorámica total del islote. La niebla y la fina lluvia nos dejaban una estampa poco fotografiable, pero que a simple vista, nos hacía sentir el misticismo del lugar. Tras disfrutarlo y discutir el desvío, que nos ajustaba mucho el tiempo para coger nuestro avión, seguimos al aeropuerto de Bilbao. Ese que cuando hace viento los aviones parecen de papel y ese que nos llevaría de regreso a nuestra pequeña gran isla.


A veces el tiempo nos quiere crear un contratiempo, paralizarnos y dejarnos encerrados en casa, pero en este caso, nos ha servido para ver qué todo tiene su encanto a pesar de las inclemencias. Mi madre salió de España, yo vi la nieve y todos sentimos que el frío no hizo más que calentar nuestras ganas de seguir saliendo a ver que maravillas hay allí fuera. Como decía una frase de Juego de Tronos, «Nada arde como el frío».
2 comentarios en “De Bilbao a Lourdes aunque el tiempo no acompañe”
Un buen viaje,muy bonito.graciad Eduardo
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