Ya llevábamos semanas de viaje incesante por Tailandia, Vietnam y Camboya. Eran muchos los kilómetros acumulados, caminando, en moto, coche, avión y barco como para necesitar un poco de descanso. Sabíamos que sería en alguna isla de Tailandia, pero no que nombre tendría.
Las elegidas por casi todos los viajeros son Koh Phi Phi o Krabi. De la primera no quiero ni hablar, no entra dentro de lo que busco como viajero. Y de la segunda, más de lo mismo.
¿Irse a la otra cara del mundo para ver como unos cuantos se venden al dinero fácil del turismo sin sentido?. Como le dije a la chica alemana con la que compartimos taxi… «That is not for me.»


Tenía una idea de cuales son las islas más tranquilas que descansan en el mar de Adaman. Entre ellas, la desconocida Koh Yao Yai. Una isla pequeña, con poca oferta hotelera y con una población mayoritariamente musulmana. Suficiente para atraer mi atención.
Durante nuestra etapa en Camboya, visitando los templos de Angkor Wat, pregunté a nuestro conductor de tuk tuk, cual sería la isla que el elegiría para unas vacaciones tranquilas. En su cara se dibujó una gran sonrisa.
– ¿En qué isla estás pensando?
a lo cual responde, tras un halo de misterio
-Koh Yao Yai
«Touché». De las cientos de islas del mar que baña el sur de Tailandia, nos recomienda la misma, la inconfundible Koh Yao Yai, a donde sin duda, nos dirigimos como hojas que lleva el viento.


Desde Siemp Riep hasta Phuket, volamos en un avión de Air Asia, como en casi todos los desplazamientos aéreos de este rincón del mundo. Cómodos y puntuales llegamos a ese aeropuerto que tanto hemos visto en fotos y vídeos. Si, ese donde los aviones, al aterrizar, casi rozan con su panza una playa de arena blanca. Desde arriba, parece que vas a amerizar. No apto para paranoicos de los aviones.
Phuket es…como describirlo. Las Naciones Unidas del turismo. El destino final de muchos mochileros, después de recorrer el sudeste asiático. Esto tampoco es para mí, asique rápidamente nos subimos a un taxi y ponemos rumbo al puerto de Bang Rong Pier que conectará, a través de una lancha, tierra firme con nuestra ansiada isla.


El avispado taxista, nos deja justo delante de un mostrador, donde se venden pasajes de barco para llegar a Yai. Que amable, molestarse en meter el coche hasta el mismo mostrador. Si es que los tailandeses son tan buena gente.
Preguntamos en el mostrador y nuestra cara se desencaja mientras el presupuesto del viaje se tambalea. Unos 2500 baht, poco más de 60 euros. La verdad, pensé que era mucho más barato. Estamos en Tailandia, un país donde los precios son moderados y pagar esa cantidad por un simple trayecto de 30 minutos me parecía desorbitado.


Mi hermano me deja allí en el mostrador, mientras, raudo, va a preguntar a otra oficina que se encontraba a pocos metros de nosotros. Yo, mientras, llamo a nuestro alojamiento en la paradisíaca isla. Queremos comprobar que ese es el precio que justamente deberíamos pagar. Con mi inglés poco fluido por teléfono y el inglés poco fluido de nuestro anfitrión, la conversación se torna tosca. Pero mi hermano, que viene como un ángel caído del cielo, haciendo aspavientos, nos salva de pagar esa cantidad absurda. Todo era una estrategia entre el taxista y estos estafadores para sacar unos cuantos Baht de más.
El precio oficial del pasaje, 200 baht. Los compramos sin dudar, también unos helados, y nos sentamos a esperar, admirando el azul del un mar hipnotizante.




Me vienen a la cabeza momentos vividos días y semanas atrás. La abrumadora llegada a Bangkok, la balsa donde navegamos en selva del Chiang Mai, la sensación de estar en lugares únicos con nuestras motos al norte de Vietnam, tan cerca de China, o el color del lago Toupe Sap en Camboya.


El barco es pequeño pero confortable. De unas 15 plazas, las cuales todas estaban ocupadas. Bien ubicados, partimos del puerto y nos adentramos en mar abierto. El trayecto es corto, ameno y refrescante, sintiendo el aire marino en la cara en un día de calor agobiante.
El puerto, o pier al que llegamos a Koh Yao Yai, era el más sencillo de todos. Allí esperaban todos los todo terrenos convertidos en taxi, para dispersar a cada uno en su lugar correspondiente. A nosotros nos iba a recoger un amigo de nuestro anfitrión.
La isla es preciosa. Una vegetación exuberante que desembocan en unas playas de ensueño. Y eso es sólo lo que vimos desde el coche en el trayecto a nuestros bungalow.




El alojamiento estaba cerca de la blanquísima playa Laem Had, que con su saliente, enfoca a su hermana menor Koh Yao Noi. Está última más rebelde, y predilecta por los yoguis de todo el mundo.
Tailandia es el país de las sonrisas. Ya puedes estar en el alboroto de Bangkok, que la gente sonríe al hablarte. Más aún en una isla poco poblada poblada, que sin esfuerzos, ya se ha metido en la categoría de paraíso.
Los bungalow, sencillos y por ello, perfectos. Su dueño, sencillo y por ello ideal. Las motos que alquilamos allí mismo, potentes y nuevas. Todo se alineaba para un descanso idílico. (Candy House)


La isla está conectada por una carretera y un cruce. Fácil para desplazarte en moto. Se tarda menos de una hora en recorrerla y es una gozada conducir viendo el mar en todo momento. En el centro se ven las cabañas de los ganaderos. Un ambiente muy rural y por momentos las zonas selváticas hacen acto de presencia.




Tenía un contacto con una chica de Kuala Lumpur, Malasia, que pasaría unos días también en la isla. Habíamos hablado previamente por una aplicación que contacta viajeros de todo el mundo.
Después de disfrutar de las playas, del ambiente tranquilo y de la riquísima gastronomía, nos dirigimos al puerto donde me había dicho que llegaría. Mientras esperamos, nos zambullimos de nuevo en el mar azul turquesa y estábamos atentos a cualquier barco que arribara.
Y allí la vimos. Una chica perdida en medio de la playa, con un sombrero enorme y una mochila más grande que su espalda. Nos acercamos mutuamente. Un inglés terrible por un acento asiático profundo, hizo que la presentación fuera desastrosa. Debo confesar que en ese momento pensé… ¿por qué me meto en estos líos?, pero la curiosidad va muy arraigada en mi.
Se sube a mi moto, se agarra fuerte y salimos disparados a nuestro alojamiento. Difícil conducción con ese peso extra, chica más mochila, y sin que hiciera esfuerzos de ayudar en las curvas.


Anécdota tras anécdota, cada cual más extraña, nos hace ver que hay un choque cultural demasiado grande. Casi que insalvable, ya que no me permitía poder relajarme del todo, que es a lo que había ido a hacer allí. Mi hermano la entendía mejor, ya que su inglés es un nivel superior al mío, pero para mi, hablaba chino mandarín. Era una persona peculiar, sin duda, que se quedaba en mi bungalow compartiendo todo el tiempo conmigo.
Ir a cenar a un restaurante era un espectáculo, donde el simple hecho de pedir un plato se convertía en un protocolo de una hora. Era un choque cultural incluso para la gente Tailandesa de la isla. A todo ello, decidí pedirle que era mejor que nuestros caminos se separaran. La madrugada siguiente, recuerdo oírla hablar con mi vecino de bungalow, buscando opciones para seguir sus vacaciones en la isla. Nos despedimos y, libre, arranque la moto que me llevaría a otra playa de ensueño, esta vez al sur de la isla.
Un día radiante, y coincidía con el cumpleaños de mi hermano. No se me ocurría mejor lugar que celebrando tomando el agua de un coco en esa playa blanca como la nieve. Y así se produjo el cumpleaños más exótico que hasta el momento pudiera imaginar.


Por la tarde fuimos a visitar a una amiga, Ammy, con la que llevaba tiempo chateando por el móvil.. Casualmente es la enfermera de la isla asique, al centro medico fuimos a visitarla. Todo un alboroto para los compañeros de trabajo, que con poca discreción estaban atentos a nuestro encuentro. Otra cultura sí, pero ahora sí que notaba cierta sintonía, paz, y la tranquilidad sentirse cómodo con la persona adecuada.
En largos paseos nos conocimos mejor. Mi hermano aprovechaba para hacerse masajes con la única masajista de la zona. Según él, los mejores de todo el viaje. Yo para conocer a mi amiga. Amy era divertida, sonreía sin parar y me hacía sentir en el mismísimo paraíso. Mención aparte la cura que me hizo en la mano, donde arrastraba las heridas de guerra desde Vietnam. Equilibro es la palabra, en el país de los budas no se puede pedir más para ser feliz.
Cantamos el «cumpleaños feliz», cenamos, vimos la luna llena que brillaba sobre el cielo que tapaba las palmeras que se mecían sobre el mar.


Y un día, sin más, llega la despedida. Trago saliva, aguanto estoicamente y dejo atrás a Amy, que entre lágrimas se despedía. Mientras, el barco me alejaba del puerto donde ella se mantenía de pie, a sabiendas de que sería complicado volvernos a ver. Mi hermano me saca de ese estado, me hace ver la realidad y reanudamos el viaje, que desde ese punto solo sería una vuelta constante hacia el lugar de partida.
Gracias Koh Yao Yai, de los pocos paraísos en que quedan en este mundo. Estuviste a la altura, nos diste lo que necesitábamos en ese momento y esperamos que nadie pueda cambiarte nunca.

