Vietnam, nómbralo unas cuantas veces seguidas y notarás una curiosidad inusual por querer estar allí. Misterioso y hermético. Un país de luchadores, donde mantienen esa mirada profunda de preferir morir de pie. Son serios y honestos, más teniendo de vecinos los sonrientes tailandeses. Vietnam se ha ganado un puesto entre los países más deseados para los aventureros de medio mundo.
Un aire francés resopla por Hanoi, desde donde partimos hacia el norte. An era nuestro amigo anfitrión. Un chico tan tierno y noble, que daba pena despedirse después de unos cuantos días compartiendo amenas charlas. Con una llamada, solucionó la logística para ir hacia el norte, hacia Ha Giang. Debíamos ir a una estación de autobuses en Hanoi y de ahí, en un bus nocturno, llegar al norte de un tirón de poco más de seis horas.
Tras la despedida tan cariñosa con An, y la espera pertinente en la estación, nos subimos a ese autobús tan variopinto. Luces led por todos lados, y unos sillones extra cómodos que se convertían en cama. Nos dieron instrucciones de sentarnos en la última fila, ya que éramos altos. Allí teníamos de acompañante a un vikingo, solitario aventurero con pintas de ducharse menos que nosotros.


Partimos a las eso de las 9 de la noche. Entre curva y curva en una carretera que no se veía por la oscuridad, Morfeo se iba haciendo con nosotros. Ya se encargaría el conductor de espantarlo con una de las costumbres más arraigadas en Vietnam. Pitar cada vez que vas a adelantar. Como aviso. Por si acaso. De noche el código podía haber cambiado a una picada de luces. Pues no, a bocinazo limpio durante más de seis horas, sobresalto tras sobresalto y con la esperanza de que ya dormirías al llegar al destino.
A las tres y media de la mañana, no sabía si estaba aun en Vietnam o había llegado a China oriental. Nos bajamos del bus en la que creo que es nuestra parada, y nos damos cuenta que no, que es otro albergue. Afortunadamente el nuestro estaba a escasos metros. Nos colgamos las mochilas y caminamos por una carretera sin arcén, en una país sin reglas al volante, en medio de una noche sin luna que ilumine.


Al llegar, casualmente una trabajadora española nos saluda, y nos indica como debemos hacer al día siguiente para coger nuestras motos. Esa noche está incluida gratis en el albergue, por la hora que era y porque ellos son así de generosos. El reloj apunta a las cuatro de la mañana y contentos por haber llegado, caminamos por el pasillo en dirección a nuestra habitación. Por fin podríamos descansar plácidamente. Abrimos la puerta de nuestra habitación, enciendo el interruptor y nos vemos a más de quince personas en literas, un montón de zapatillas de montaña embarradas, mochilas tiradas y bravos ronquidos como en cual granja de cerdos.
– ssshhhh silence please…. – what the fuck. Turn off the light
Apago la luz como si no hubiese un mañana y resignados a una noche sin descanso nos colocamos en el único espacio libre. Mi hermano en la cama inferior de una litera y yo en la superior de otra contigua. Morfeo se debió enfadar con nosotros ya que la noche se sucedió sin apenas pegar ojo.
El día siguiente, después de una ducha y un desayuno con el mejor café del mundo, nos dirigimos a por las motos. Dos semiautomáticas para dos inconscientes con dos semanas de experiencia en conducción sobre las dos ruedas. Un chico con aspecto japonés y pintas de haber salido de una película de Fast and Furious, nos gestiona el papeleo y nos indica que podemos probar las motos en la carretera que está en frente. Dos carriles en obras, con maquinaria pesada pasando continuamente parecía el lugar menos indicado debido a nuestra inexperiencia. Y así lo hicimos. Y así nos convencimos y empezamos a hacer un loop por las montañas del norte del país que le plantó cara a EEUU.


Los chicos de Qt Motorbikes nos dejaron un mapa de la ruta más interesante, según ellos.
– Aquí les marco los puntos para sacar fotos, los restaurantes para comer, los alojamientos, todo lo que tienen que ver. – aquí tienen, disfruten de las montañas y de las motos.
Al perderlos de vista, ese mapa fue fotografiado, por precaución, y doblado para acabar en fondo de la mochila. Si seguimos esa ruta, nos encontraremos con los demás moteros en todo momento. Todos como ganado, en fila y desfilando para no tener ni que pensar.
Rápidamente notamos estas motos más potente que las automáticas de Tailandia. Una cuesta preciosa nos indicaba que el camino sería increíble en todo momento. Al principio, el tráfico era más pesado, debido que que no habíamos llegado a ninguna bifurcación. Todo el mundo iba por ahí. También locales. Una zona de obras continuas en una cuesta que desemboca en un mirador a mucha altitud.


Mi hermano iba delante, a una veintena de metros. Pasa de largo el mirador como si no existiera, pero yo, al verlo hago el amago de parar. Todo esto en medio de una curva en la que un camión cargado con grava, había dejado caer unos pocos guijarros. El desastre ocurre. La moto pierde tracción en la rueda delantera y todo lo demás me pasa a velocidad relámpago. El casco toca el suelo después que la rodilla y el codo. Mi hermano lo oye y para más adelante, iniciando el retroceso. Me quedo inerte sin saber que hacer, pensando que ahí acababa todo. El viaje seguro, de ahí no íbamos a poder continuar. Me dolían las articulaciones, y de la nada aparecen personas.
– Ché que pasó.. No te muevas. Esa mano va a necesitar puntos
– Eso se cierra solo, un poco de betadine y ya está – responde mi hermano.
Mis gafas se rompieron y al levantarme, rodeado de gente, estaba aturdido.
Nos dirigimos a la tienda que estaba cerca del mirador y una anciana vietnamita me dio betadine y acceso a un baño. Me lavé, me desinfecté y vi como había roto mi pantalón y chaqueta, aunque seguiría usándola. Bajo de azúcar por el susto y con unos sobres de tal granulado blanco, me recupero.
Lo peor, la mano. No sabía si iba a poder volver a manejar la moto. Por cierto, en ella, unos cuantos raspones y un retrovisor que quedaba colgado. Se pudo solucionar sobre la marcha.
Sentados en unos escalones frente al baño y mirando al horizonte, pienso en la suerte que he tenido. No ha pasado nada, incluso podemos seguir sin problemas. Mi hermano fue un pilar fundamental en ese momento, por mi mismo, quizás hubiese desistido.


Reanudamos la marcha a una velocidad aminorada y recorremos las montañas, esta vez en bajada. Un espectáculo visual y lleno de sensaciones. Se suceden los ríos y los campos de arroz hasta que por fin llegamos a un desvío. Ello significó un antes y un después. Un salirse de la ruta establecida y empezar a sentirnos como cual explorador de principio de siglo.
Un breve giro y de repente los cuatro turistas se esfuman. Ellos siguen la ruta marcada por el semejante de actor de Fast and Furious. Nosotros, el opuesto. Siempre hay algún divergente más, y no estábamos del todo solos. Por lo menos en este desvío, en sucesivos, si que encontraremos la soledad absoluta en cuanto a occidentales se refiere.


La noche va cayendo y necesitamos un lugar para dormir. Hemos atravesado varios pueblos pero es el momento de buscar un lugar seguro para la fría noche. Tras preguntar, solo nos ofrecen un espacio donde habitan los animales. Con el cansancio acumulado y lo dolorido de mi cuerpo cada vez más frío, no creo que pudiera dormir mucho tirado sobre unas tablas de un viejo granero. Continuamos la ruta y conseguimos ver una casa familiar con un pequeño cartel en vietnamita. La intuición nos decía que allí habrían habitaciones en alquiler.
Usamos Google translator para hablar y acordado el precio de euro y medio por habitación, nos dispusimos a meter las motos en el salón de la casa. Las habitaciones disponían de aire acondicionado y un pequeño baño al estilo Vietnam. ¿Qué significa eso?, pues que la ducha no tiene plato, ni un lugar específico. Simplemente una alcachofa de ducha colgada a la pared para que te duches donde puedas, mojando todo el baño sin remedio.


Oyendo la propaganda comunista en unos altavoces en la calle, nos fuimos a dormir. Mi cuerpo estaba molido, dolorido y sin saber qué iba a ser de mi al día siguiente. Paracetamol en cantidad y a la cama, a buscar la mejor postura para que las heridas de ese día no fueran a más.
Amanece con un día fantástico y desayunamos en el bar de enfrente. Una tortilla francesa y un café cargado. Te lo ponen en la mesa con el filtro y va goteando poco a poco. Un protocolo que me encanta, lo hueles y ya te transporta a los campos de cafés de estos lares del mundo.
Una farmacia donde tampoco nos entendían en inglés, fue nuestro suministro de gasas, betadine y alcohol. Y una huerta en medio de la nada, el lugar escogido para la primera cura en condiciones que hacía de mi maltrecha mano. Bien vendada por mi hermano, sentí que ahora todo marcharía bien y que cada día que pasara, éstas heridas quedarían en una anécdota.


La ruta seguía y los arrozales eran tan verdes como mis ojos en un día soleado. Todo iba sobre ruedas. Sobre dos, las semiautomáticas se estaban comportando muy muy bien, dándonos sensaciones únicas en unas carreteras pintorescas. Eran zonas marcadas por la guerra. Aún se conversan trincheras de aquella injusta guerra. Esas montañas debieron ser un quebradero de cabeza para los yanquis.
En medio de la tarde, nos encontramos con uno de los cruces más complicados del camino. Una dirección apuntaba hacia un pueblo tranquilo. El que se marcaba en la guía, para un descanso garantizado, con un ambiente bohemio y buenas opciones para comer. En la otra dirección sólo se veía un valle rodeado de inmensas montañas con unas cabañas de madera y paja. Era un pueblo misterioso. Creo que a estas alturas no hace falta decir cual de los dos caminos seguimos.




El pueblo era indescriptible. Único. Un camino lo cruzaba de lado a lado. Y allí íbamos, montando nuestros «caballos», asombrados observando y siendo observados. La gente nos saludaba tímidamente mientras murmuraban a nuestro paso. Sin duda, en aquel cruce de atrás, los moto andantes seguían en la otra dirección.
Paramos y buscamos donde pasar la noche. Esta vez, si que sería complicado. No habían alojamientos, ni bares. Tampoco gasolineras ni tiendas. Aquí todo se negociaba directamente entre los habitantes.
Aún así, un golpe de suerte y la insistencia de preguntar, hizo que diéramos con un lugar extraño pero interesante. Frente a un colegio con aires comunistas, se encontraba la casa donde se alojaban los maestros. Estos, por temporadas y viniendo de otras ciudades más prósperas, iban al pueblo a dar clases a los niños. En ese tiempo, se alojaban allí. Y allí nos alojamos nosotros también. Negociamos y compartimos el lugar con una maestra y los dueños de la casa. Una familia encantadora. Con una hija que no paraba de curiosear con nuestras apariencias. Éramos extraños para ella. Unos extraterrestres con ojos redondos y barbas.
Después de un largo y frío paseo del cual recuerdo ser uno de los más interesantes de mi vida, comimos lo que nos ofrecieron y disfrutamos de una sobremesa tranquila, siendo la curiosidad de medio pueblo. Casualmente todo el mundo tenía que ir a esa hora a visitar a nuestro anfitrión.


Cuando al día siguiente abro los ojos y oigo el himno comunista. Desde tan temprano ya el colegio está funcionando y los niños cantan a grito limpio lo que otros le dicen que deben cantar. Ni hermano graba la escena desde el balcón de la casa mientras los vecinos pasan y miran. Se ha corrido la voz de que estamos allí y quieren ver quienes somos. Las sensaciones son increíbles, pero debemos partir. Una despedida sencilla para una gente más sencilla aún y partimos en dirección norte para abandonar el pueblo. Una chica joven nos llena el depósito con una botella de agua convertida en surtidor y aceleramos para, en menos de un minuto, volver a frenar.
Algo ocurre, ya que hay medio pueblo concentrado en medio de la carretera de salida. Las mujeres lloran, los hombres sufren la resaca de una noche de bebidas y otros cavan un agujero en el suelo. Estábamos presenciando un entierro de un niño. Nos miran y les devolvemos las miradas con respeto para, esta vez si, acelerar hacia lo desconocido.


Dura poco la emoción de la velocidad. Delante nuestro se presenta una carretera con una obra kilométrica. Las excavadoras y una fina lluvia, convierten el camino en un barrizal. Para una Honda Dominator sería un juego de niños, pero para nuestras pequeñas semiautomáticas sería un tortuoso camino de cabras. Esquivamos las maquinas, que imponen al sentirte tan vulnerable tan cerca de ellas, patinamos y y nos embarramos las botas, pero seguimos. Todo tiene una recompensa en esta vida y la nuestra fue llegar a lo más alto de las montañas y ver un paisaje magnífico.




China estaba cerca. Apenas a unos kilómetros. Quizás detrás de las montañas que teníamos a nuestro lado norte. Que lugar. La lluvia lo hace todo más místico. Seguimos. Paramos. Seguimos. Y así continuamente en ese día y los venideros.
La vuelta a Ha Giang se produce entre más montañas, valles, arrozales, ríos, gente local cultivando, niños sonriendo, pobreza, miedo a tramos de carretera, pho de desayuno y pho de cena y una conexión total con una naturaleza y una gente única.


Nos vuelve a atender el chico con aspecto japonés, que quizás lo fuera. Escondo las heridas de guerras de mi mano y entregamos nuestras dos compañeras, que fueron inseparables en toda esta aventura.
Esa noche descansamos como angelitos, esta vez en una habitación para cada uno, soñando con lo que habíamos vivido días atrás.
Madrugamos y mucho, y en recepción, tocando la guitarra en un ambiente hippie que no buscábamos, esperamos nuestro bus que nos devolverían a la afrancesada Hanoi.


La aventura es la sensación de adrenalina cuando estás lejos de tu zona de confort. Lejos de casa y de los tuyos, viviendo algo que sabes que es único. El norte de Vietnam se merece un top en ese sentido, siempre que evitemos el sobre explotado Sa-pa. Regresas diferente, sabiendo que has dado un paso de gigante para ser lo que siempre has querido. Un nómada explorador de los caminos menos transitados.




3 comentarios en “Rumbo norte en Vietnam. Entre montañas.”
Pingback: Las mejores chaquetas todo en uno para viajar - Mis tips viajeros
Wonderful post however I was wanting to know if you could write a litte more on this subject?
I’d be very thankful if you could elaborate a little bit further.
Bless you!
I simply could not depart your website prior
to suggesting that I extremely enjoyed the usual information a person supply to your guests?
Is gonna be back often in order to check up on new posts