Lisboa es la capital de Portugal. Y a sus pedacitos de cielo se les llama pastelitos de Belem. Esas tartaletas de crema con receta secreta que custodian tres personas en el mundo. Se comen, y mucho, pero no es el único atractivo de una cuidad más europea que peninsular, donde la gente es más europea que peninsular y con una arquitectura más apuesta que la europea.
Portugal es ese país alargado con más latitud que longitud y que desde cierto punto de vista, hace de cara de toda la península ibérica. La nariz de dicha cara, no es más que el estuario del río Tajo, que al llegar al mar se une a este, recibiendolo con los brazos abiertos y dejando que su agua inhunde el cauce después de recorrer toda España.


Hablamos de un puente de diciembre de un año frío. Uno donde los termómetros en mi tierra natal marcaba menos de 15°, dándonos a entender que en otros lares debían de estar pasando frío de verdad. Una parada la siempre vibrante Madrid y luego el destino sería Lisboa.
La misma expedición que hizo el Bilbao – Lourdes, partía con la intención de conocer parte de un país cercano pero desconocido para nosotros.




En Madrid, la visita a mi hermano es inevitable. Compartimos momentos con él y junto con mi otro hermano, me dispongo a buscar esos libros que ansiaba leer. Después de ver el documental «Un mundo aparte», que tanto nos ha inspirado, quería leer la trilogía donde se narraba las aventuras desde un punto más íntimo y detallado. Había hablado por WhatsApp con Daniel Landa, el autor del documental y los libros y quedamos con él para que me entregará uno de los últimos ejemplares que se vendían.
La historia es inspiradora y narra la aventura de una vuelta al mundo de cuatro años en coche. No fue nada fácil, teniendo en cuenta que tuvo que buscarse la vida en cada detalle desde el minuto cero. Daniel es un aventurero y Daniel nos ha hecho entender los viajes de un modo peculiar, identificandonos con su manera de ver y explorar lo desconocido.


De camino a su casa, disfrutamos de la majestuosidad de Madrid. Nos adentramos en una avenida repleta de altos edificios y llegamos al portal indicado. Con dudas, tocamos el portero y nos quedamos de piedra al oír esa voz que tantas veces hemos oído en los documentales. Subimos incrédulos hasta la puerta de su piso y ahí estaba, con una sonrisa, saludandonos como si fuéramos amigos de toda la vida.
El salón y las fotos convertidas en mural nos resultaban familiares. Landa es tan amigable, que nos sentimos a gusto desde el primer momento. Hablamos, comentamos sus aventuras y preguntó por las nuestras. Los libros y la dedicatoria, siempre quedará en muestra memoria.


Al día siguiente, con energías renovadas, partimos, en un vuelo corto, a la capital del país vecino. Segunda salida de España de mi madre, y enésima para nosotros. Lisboa desde el aire es fabulosa, con el puente Vasco de Gama demostrando la relación de esta cuidad con el agua. Ya he dicho que el Tajo acaba su camino allí y ya he dicho que el mar lo recibe antes de tiempo, adentrándose cientos de metros para fundir lo dulce con lo salado.
Nuestro alojamiento, situado en un barrio residencial a unos pocos kilómetros del centro, es antiguo. Cuatro plantas de escaleras de madera preciosas nos hacen llegar a un ático que seguro tiene más años que todos nosotros juntos. Mi madre lamenta las escaleras y yo las admiro.


En un paseo frío pero interesante, nos acercamos al centro. Sólo queremos una primera impresión de la cuidad, una pincelada, para saber que nos esperaría en los siguientes días.
En mirador cerca del barrio alto, nos deja impresionados. Una panorámica de toda la ciudad, con el puente 25 de Abril de fondo. Los tejados del color habitual de los tejados, entonan perfectamente con los colores del atardecer. El rojo del hierro del puente, nos hace pensar que estamos en San Francisco, pero sin salir de la península ibérica. Es bonito si, y mi madre queda maravillada de ver algo diferente a lo que se está acostumbrada.




En Portugal se come bien y sin duda, el bacalao es el plato estrella. En la noche, los barrios son preciosos, coquetos, limpios y bulliciosos. El fado se oye desde la calle ya que amenizan las cenas de más de un restaurante. Paseamos y paseamos y de repente, uno de esos bares nos llama la atención. No es el típico de turistas. Es pequeño, regentado por una señora mayor y suena un fado un tanto natural. Sus pocas mesas estaban todas ocupadas, lo normal en estos casos, al tratarse de un sitio con encanto. Desistiendo, nos íbamos calle abajo, cuando de repente mi madre, en un golpe repentino de suspicacia, vuelve sobre sus pasos para hablar con la dueña. Una charla de la que nunca supe el contenido y de repente ya teníamos mesa. Hemos viajado por medio mundo y aún me quedan muchas cosas que aprender. Alguna complicidad debió encontrar la señora con mi madre que con nosotros era imposible.
Aún resuena el fado en nuestras cabezas. Natural, sin forzar y sin necesidad de impresionar. El bacalao, exquisito. Los recuerdos, para siempre.




Al día siguiente, después de una lluvia en forma de diluvio que hizo amena la noche, decidimos salir de excursión a Fátima. Este pueblo se encuentra a menos de 200km de la capital del país y es un recorrido tranquilo en coche. El Tajo nos guía para luego desaparecer en su camino hacia España y nuestro coche sigue en dirección norte.
Fátima es un lugar de peregrinación de primer nivel. Allí se apareció la Virgen Maria y queda constancia de ello en la cantidad de santuarios que allí se construyeron. La explanada es enorme, superando a la grandiosa Lourdes y los toques portugueses se notan hasta en las esculturas santorales. El paseo fue interesante y a la vuelta decidimos cruzar el increíble puente Vasco de Gama. Con sus más de 17 km es el segundo más grande de Europa. Lo empiezas a cruzar y el mar te rodea en todo momento. Una experiencia para alquilen a quien le fascina conducir por los puentes más importantes del mundo.




Los demás de Lisboa es lo mejor de Lisboa. Callejuelas, azulejos en las fachadas, gente amable, barrios con encanto, y como no, pasteles de Belem. Los puedes comer en mil sitios, siendo el principal, la fábrica oficial de dichos pasteles. Eso sí, para ello hay que dedicar una mañana entera ya que la cola es enorme. Para mi gusto, una turistada más. Para el gusto de los demás, allí es donde debes comerlos. Nosotros preferimos hacerlo en cualquier otra pastelería y mientras unos esperaban, nosotros ya estábamos más que saciados de los placeres con forma de pastel.




La sensación ha sido muy buena, Lisboa tiene aires europeos y su gente es más europea que en su país vecino. Un destino para disfrutar relajadamente, deleitándose con cada azulejo y cada tranvia, que a paso lento y torpe, recorre las antiguas calles empedradas. Para nosotros ha sido un gran destino y para mí madre el mejor en el que haya estado. Las visitas familiares, nuestro amigo aventurero y esta cuidad, han hecho que ese diciembre de ese año frío a 15° haya quedado marcado en el calendario de nuestros momentos únicos.
4 comentarios en “De Lisboa a Fátima. Aquí no sólo se comen pasteles de Belem”
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