Marruecos me ha creado como aventurero. Mejor dicho, nos ha creado. Tan cerca y a la vez tan diferente. Vivo en Canarias y apenas mil kilómetros en línea recta me separan de uno de los destinos más exóticos que haya visto en mi vida. Un país donde todo te sorprende y más teniendo en cuenta que este viaje se hizo sobre la marcha, sin planificación.
Marruecos es la puerta de entrada a África. Por lo menos para mí, ya que Egipto o Túnez me quedan mucho más lejos. Conectado con Canarias con la compañía Binter, se tarda muy poco en llegar a Marrakech. Para mi gusto, la cuidad más auténtica del país de los bereberes.


Una tarde cualquiera, previa al verano, hablaba con mi hermano en nuestro rincón de pensar. Un cuartito con un banco al sol, donde pasábamos las calurosas tardes.
-¿Y que hacemos este verano? – no pienso quedarme aquí.
-Pues no sé , la verdad. Sergio e Iván no pueden esta vez, asique si salimos seremos nosotros solos. Y ya tengo las vacaciones encima, no da tiempo de planificar nada.
-Algo cerca, no se. ¿Marruecos?
-Mmm… pues no suena mal. Lo voy a mirar y te digo si es viable.
Veníamos de ver Italia, con su magnífica Toscana. En ese viaje éramos un grupo de cuatro y esta vez sólo seríamos mi hermano y yo. Un país desconocido. Nuevos aires de aventura se avecinaban, para que nada, jamás, volviera a ser como antes.


De repente ya estábamos en el avión y hablamos con una de las azafatas que hacía esta ruta a menudo. Es lo que tiene sentarte delante de su asiento reservado. Nos hablaba maravillas de Marrakech, la cual no conocía demasiado a pesar de ir cada cierto tiempo. Una familia de venezolanos que a priori hacía la misma ruta que nosotros, nos hablaban ilusionados de lo que nos esperaba. Digo a priori, ya que en el vuelo de vuelta también coincidimos, y parece que no tuvimos la misma experiencia.


Una maqueta de barro, una ciudad de juguete. Así recuerdo mi primera impresión al ver Marrakech desde el aire. El avión aterrizaba y ya tenía el gusanillo en el cuerpo. Una ciudad grande, llena de callejuelas con mucha vida. Que ganas de verla desde dentro.
Un cartel con nuestros nombres precedidos de profesor y doctor, nos hacía sentir bienvenidos y a toda velocidad surcábamos el viento en dirección a los mismísimos zocos de Marrakech.


Al dejar el vehículo, teníamos que caminar unos cien metros para llegar a nuestro alojamiento. Un precioso Riad familiar, pequeño y acogedor. En esos cien metros, fue tal el nivel de sensaciones que llegamos un tanto aturdidos. El zoco es una jungla. Caminantes, motos, burros y carruajes se pelean por ver quien llega antes a su destino. Si llegas de inocente, acabas aturdido y un tanto avasallado.


La medina de Marrakech es la parte antigua de la ciudad, la amurallada. La otra, la exterior, es mucho más occidental. A la hora de vivir la ciudad no hay comparación. La mayoría de los turistas van a hoteles todos incluido, con piscina, espectáculos y todas las comodidades imaginables. ¿Dónde?. Fuera de la medina y lejos de los zocos. Luego con una excursión guiada ven lo que el guía quiere que vean. Nosotros, al contrario, fuimos de esos inocentes que no sabían donde se metían. Con todo lo bueno y malo que ello conlleva. Caminamos solos por las callejuelas, perdidos, sin saber que sobre nosotros, en los caminos, hay marcas para que los turistas no se salgan de lo recomendado. Esto lo descubrimos un día antes de irnos, cuando ya habíamos visto las zonas más oscuras y auténticas de los diferentes zocos. Miradas furtivas de personas a los que la vida no ha tratado bien. Tensión por momentos por el simple desconocimiento de no entender la cultura de la otra parte. Emociones encontradas en un lugar que se me antoja el más bullicioso y atrevido del mundo.


La plaza de Yamma el Fna es hacia donde desembocan todas esas callejuelas. La sombra de los callejones se transforma en sol en la plaza y de repente el mundo se abre para ver un espectáculo increíble. Los puestos están por todos lados, todo se vende y todo se compra. Puestos humeantes con carnes en no se que estado, niños vendiendo lo que pueden, encantadores de serpientes que quieren encantar carteras y un sinfín de variopintos personajes hacen de esta plaza el lugar con más vida del mundo. Y no lo digo yo, es algo bien sabido por los que la han visitado.
Aunque disimules, eres un turista, eres un billete con patas y se huele a la distancia. Es algo incómodo si, pero te acabas acostumbrando. Hay que saber tratar a la gente que tiene necesidades y distinguirlos de los listillos. En dos días perdimos esa inocencia de la que hablaba. Ahora nos movíamos como pez en el agua, disfrutando al máximo los paseos e incluso veíamos la inocencia de los demás foráneos. Estábamos integrados, compartíamos té con menta con algún amigo, que de tanto vernos, querían saber de nosotros. Y nosotros de ellos. Sin más interés económico. «Ey Ché Gevara y Fidel Castro», nos decían cada vez que pasábamos. Creo que las barbas tenían falta de un arreglo.
Marrakech es tan especial, que nos costo irnos de allí. Dejar ese alboroto para coger un 4×4 y adentrarnos en el Marruecos más profundo suponía ir a lo desconocido. Pero esta vez integrados, con el instinto de aventura puesto a punto y sabiendo que nos esperaban experiencias únicas.
El 4×4 caminaba despacio a la salida de la ciudad. Los burros se adelantan con cuidado. No confío en que sus dueños tengan seguro. Los paisajes se abrían y una cierta nube de polvo cubría el ambiente. El calor seco se nota nada más salir del coche en cada parada, el destino, el norte , atravesando la cordillera del Atlas.


Devoramos los kilómetros por carreteras precarias, evitando el camino más fácil. Nos adentramos en pueblos auténticos donde paramos cada vez que podemos. El inglés desaparece, el francés se esfuma y sólo queda el árabe como idioma local. Cada vez que paramos a comer tenemos que usar el lenguaje gestual para pedir algo que echarnos a la boca. No tengo problema por hacer el gesto de la gallina para, como recompensa, poder comerme un buen pollo con papas. No podemos pasar desapercibidos y las miradas son de curiosidad.
La alergia, por un ambiente de polvo, acaba en un ataque de rinitis en mi hermano. Seguimos subiendo al norte y el paisaje era increíble. Pueblos de adobe, integrados entre montañas y palmerales. Asombroso y mágico.
Las cascadas Ouzoud con una altura de 110 metros son las mayores del norte de África. Al ir acercándonos, el terreno se torna arcilloso. Es el color de África. El que pensé que solo se podía ver en países como Tanzania o Kenia. Cuán equivocado estaba. El continente se guarda unas señas de identidad, y entre ellas esa arcilla rojiza tan característica.


Llegamos a nuestro alojamiento y nos disponemos a ver las cascadas. Un poco justos de tiempo, ya que llegamos un pelín tarde. La noche caería en apenas unas horas. Allí, en uno de los salones del hostal, se encontraba un solitario chico de raza negra. Con unas ropas llenas de agujeros y una mirada triste. Hablamos con él y a pesar de que nos gusta ir por libre, pensamos que podríamos ayudarlo si nos dejábamos guiar por él. Y así fue. Nos acompañó por caminos que divergían de los tradicionales, hasta llegar al fondo de las cascadas. Con un riesgo casi innecesario, un precario barco nos acerco más aún. Estábamos debajo de la caída de agua, casi de noche y sintiendo la inmensidad sobre nosotros. Un momento de adrenalina al que siguió una cena tranquila interrumpida por un apagón monumental. Parece ser algo habitual en la zona. El espectáculo increíble. Sólo la luna iluminaba la noche, y el rugido de la cascada era ensordecedor. Y es que África es así de salvaje.
Los días pasaban y nos íbamos acercando al norte del país. Las imágenes del rey de Marruecos aparecían en cada lugar que pisábamos. Cuando mas humilde, mas aparece la imagen de este señor. Está en todos lados, incluso en aquel banco al que tuvimos que entrar ya que nos habíamos quedado sin dinero.
La llegada a Fez fue monumental. Más tarde de lo esperado, de noche y con una tormenta de película. Truenos y relámpagos sobre una cuidad que, al fondo, se vislumbraba enorme. El 4×4 nos daba tranquilidad en unas carreteras donde el más valiente gana. La norma es, que cuando no hay arcenes, y casi nunca los hay, y dos vehículos van a cruzarse, uno de ellos debe irse a un lado. Muchas veces saliéndote de la carretera. Si, como un duelo en la carretera en las películas. A ver quién aguanta más. Si ven que eres turista, a los que no están acostumbrados a ver conduciendo por libre, te consideran un pardillo. Se te lanzan encima con sus mercedes de la época de la segunda guerra mundial y que sea lo que tenga que ser. Salvo que seas mi hermano, quien se negaba a que se cumpliera esa norma, poniendo mis nervios al límite en duelos constantes donde casi siempre ganábamos.


Si, Fez es grande y más su medina. La mayor zona peatonal del mundo. Conocida como Fez El Bali, es patrimonio de la humanidad. Casi nada. Mirarla en Google maps desde arriba es como mirar un laberinto.
Entre callejones encontramos nuestro Riad, pero antes de entrar un remolino de viento en un lugar donde no hacia viento nos coge de lleno. Nos quedamos prácticamente ciegos de todo el polvo que nos entró en los ojos. Aturdidos, entramos y el gerente nos ofrece un te con menta, el cual declinamos. Ofensa o no a la cultura árabe, sólo quería llegar al baño y lavarme los ojos. Que momento más agobiante.
Estábamos estrenando el Riad. Nuevo, impecable y por ese precio jamás imaginé tantos detalles. Prácticamente estábamos solos y sería una noche reparadora para un día agotador. Mención aparte tiene la cena. A esas horas salimos a la calle en busca de un lugar abierto para comer. Solos, muy tarde y perdidos por las callejuelas. Un joven nos indicó un lugar que estaba abierto y allí pudimos relajarnos y volver a disfrutar de la comida marroquí. La vuelta al Riad fue uno de los momentos más tensos del viaje. Las miradas se hacían indiscretas. Al pasar, los grupos de jóvenes se avisaban entre ellos, como quien planifica un asalto. No ocurrió nada pero sentimos la tensión, quizás por el condicionamiento que hace occidente sobre el mundo árabe.




Nada que ver con la medina de Marrakech. Aquí está todo organizado. Mapeado e indicado hasta el más mínimo detalle. Los zocos limpios y sin motos que alteren el tranquilo paseo. Marrakech es auténtico, Fez es turístico. Bonito eso si. Más relajante para distraerte en cada puestito del camino, menos agobiante y menos caluroso.
Disfrutamos de la tranquilidad del lugar y de uno de los desayunos más increíbles de nuestra vida. Frutas, pan, yogures, zumos, mermeladas, todo en una mesa enorme, adornada cuál salón de un príncipe árabe.
Llegó día de salir de la urbe. Unos cuantos controles policiales, y seguíamos rumbo al sur.
Ifran es un pueblo al sur de Fez. Verde, con casas al estilo norte de Europa. Bonito de verdad. Aires suizos que corren cerca del Atlas. Es considerada la pequeña Suiza de Marruecos y es un respiro antes de entrar en otro tipo de paisajes.
Siguiendo al sur el paisaje se va tornando más montañoso. A lo lejos una nube de color marrón corta el horizonte de lado a lado dando la sensación de que se avecinaban lluvias.


La nube cada vez se veía más cerca y más clara. Pero, algo falla aquí. Ahora que la tenemos más cerca, da la impresión de que…. No me lo puedo creer. Mis ojos se quedan como platos al ver que realmente se trata de la cordillera del Atlas. Llegando desde el norte y viéndola desde lejos es tan alta e imponente que nunca te llegas a imaginar que sean montañas. ¿Cómo vamos a pasar por ahí?. La cordillera da miedo acercarse a ella.


El Tajín es la comida más típica de Marruecos. Verduras y carne, normalmente de cordero, se funden en una olla de barro con forma de cono. La carne es jugosa y especialmente fuerte. Quizás los que no somos de allí pecamos en comerlo continuamente y eso hace que se le acabé cogiendo un poco de manía. Así fue con nosotros, hasta que descubrimos el verdadero manjar marroquí, la tortilla bereber. Marcó un antes y un después en este viaje.
Si, el cordero hecho de esa manera es una carne con sabor fuerte. Hasta tal punto que debo aderezarlo para camuflar tal sabor. El Tajín se pone en el centro de la mesa y comen todos de él. Vi locales haciéndolo con las manos. En más de una ocasión recuerdo activar a toda una familia para poder comer.
(en un inglés pésimo o en un lenguajes de signos)
-Hola, ¿tienen algo para comer? tenemos hambre.
-Si claro, siéntense.
Y en un árabe indescifrable para mi, llama a toda la familia que posiblemente estén descansando y se activan para, cada uno en su función, preparar una buena comida. Es un lujo. La honradez casi siempre hace acto de presencia. Salvo excepciones, el mundo árabe es honesto y honrado y lo notas en cuanto llegas a lugares alejados de las urbes. Tienen necesidades, pero no se aprovechan de la gente por ello. Un diez para ellos, y en cero para los noruegos que me cobran el agua caliente por minutos en un camping caro.
Por fin se vislumbra un paso natural que atraviesa el Atlas. Una especie de valle que serpentea hasta atravesar las monstruosas montañas. El terreno estaba fresco por unas lluvias que habían hecho acto de presencia hacia pocas horas antes.
Al pasar las montañas, da la sensación de caer al vacío. De repente, la llanura, la sequedad del ambiente. Un contraste que apenas puedes apreciar al salir de una curva cerrada. La geología es una de mis pasiones y presenciar la transformación del norte al sur nunca había sido tan clara. Atrás quedaban los baobab y el ambiente húmedo. Ahora el aire era seco, ventoso y el color de la tierra se tornaba más clara.
Aclarar que en el Tajín si no quieres cordero, tienes el pollo. Mucho más suave y al cual estamos más acostumbrado. El Tajín se puede hacer con esa carne y queda muy bien. En cualquier caso, se conserva tanto el calor en esa olla que al comerlo puede crear más de un ampolla en la boca.




Los ojos se van acostumbrando al nuevo paisaje. El río Ziz hace acto de presencia. Un pequeño río de más de doscientos kilómetros que discurre por el sur y acaba desapareciendo en el desierto del Sáhara argelino. Sin delta y sin mar. También aparece el valle con el mismo nombre pero no es un valle cualquiera. Es, por tramos, un palmeral que recorre el cauce del río, creando un espectáculo visual de colores. No suele estar en las guías pero debería estarlo. Es una de las zonas más espectaculares que vi en Marruecos.
El coche surcaba las carreteras sin arcén, tropezándonos con algún que otro aventurero. Un Mercedes viejo con matrícula francesa y cargado hasta arriba nos hacia de escolta en el camino. Íbamos por la misma ruta y día tras día nos lo encontrábamos. Se ve que pensábamos igual y buscábamos el mismo tipo de aventuras.
Más al sur aún, sigue más al sur, le decía a mi hermano. Sabía lo que buscaba pero no lo veía. Ese lugar en el que he soñado desde pequeño. Tantos mapas observando su extensión. El mayor, el rey en su especie. La conducción era tranquila y su majestuosidad por fin hacía acto de presencia. El gran desierto del Sáhara asoma a lo lejos. La misma sensación que con la cordillera del Atlas. Al fondo se divisa algo de color naranja, creando la duda de ser una enorme nube naranja al atardecer, pero esta vez no me engaña. Eran las dunas al fondo de la llanura. Grandes y naranjas. No amarillas como vemos en algunas fotos. Naranjas cómo el alba naranja (que conste que es un color). Asombrados nos quedamos observándolas a sabiendas que una foto jamás mostraría con nitidez lo que estábamos. viendo.
Más, quiero más. Quiero verlas más de cerca. El coche avanzaba y la pista empezaba a llenarse de arena. Más al sur, que casi llegamos y en un desvío, nos adentramos en una pequeña meseta donde estaba nuestro punto de partida hacia las dunas de Erg Chebbi.



Hablamos con nuestro guía, a sabiendas de que es de los pocos lugares del mundo donde lo hemos necesitado. Aquí no se puede ir por libre. Cambiamos nuestro medio de transporte de cuatro ruedas por uno de cuatro patas y enfundados en nuestros turbantes avanzamos por las dunas. Solos con nuestro guía, se ve que los turistas temen estas latitudes en estas fechas calurosas, vamos recorriendo dunas y sintiéndonos en un lugar único e impredecible. El dromedario es un animal muy noble pero impone. Grande y esbelto, va a un ritmo tranquilo pero firme. Sin fallar. Midiendo cada paso y meciéndonos de arriba a abajo en cada subida y bajada de duna.
La suerte se nos alía al poder ver un zorro del desierto a plena luz del día. Corría entre las dunas, escondiéndose en un arbusto. Rápido pero visible mientras caía el sol de la tarde, para aminorar algo las altas temperaturas.




Llegamos al campamento, que solo consistía en una jaima con dos camas y otra para guardar utensilios varios. Lo demás, dunas. Y no pequeñas, grandes. Sobre todo una de ellas, de mas de cien metros de altura, que llamó nuestra atención. Nuestro guía, posiblemente de broma nos animó a subirla y como dos serpas en el Everest, sin agua y solo portando la cámara de fotos, empezamos a subirla. Casi cincuenta grados, una humedad ambiental de menos del diez por ciento y un terreno inestable. Cada paso era un mundo. No se notaba que avanzáramos, pero seguíamos insistentes y secos. Agua, necesitaba agua pero no teníamos. Pero que inconsciencia. Los pies se enterraban y caigamos, una y otra vez. Mi cámara, llena de arena, dejó de funcionar, pero no me importaba. Agua, solo quería agua y llegar arriba de esa montaña de arena.
Y con la mirada de nuestro guía fijada en nosotros, más que nada asombrado por cómo le había salido la broma, coronamos la cima, a sabiendas de que, aunque no sea la persona más en forma del mundo, allí habían llegado pocos.





Las dunas se sucedían a lo largo y ancho. Por fin un paisaje donde no se veía rastro del humano. Exhaustos, secos y con dificultad para poder hablar, levantamos los brazos simbolizando la victoria de estar allí. Un privilegio para los que lo saben valorar. Las fotos no salen bien por el ambiente y lo obstruida que estaba la lente, pero daba igual. Con el desierto negro de Argelia al Este y la llanura rodeándonos para nosotros fue como coronar el Everest. Complicidad en lo alto de la duna del desierto del Sáhara.


Una vez en el campamento surge un momento de tensión. Necesitamos agua y estaba limitada. Nuestro guía, al salir, nos preguntó cuánto agua creía que nos haría falta. Nuestra respuesta fue unos cuatro litros cada uno. No quería sobrecargar al dromedario y pensé que sería suficiente. Error. En ese momento, solo nos quedaba una botella de dos litros para los dos. Corrimos a por ella y mi hermano de un trago eterno se bebió más de la mitad, dejándome un poco que no pudo saciar mi sed. Imagino que es la ley de la jungla. Seguramente yo hubiese hecho lo mismo. Desesperados por más de ese oro líquido, le preguntamos al guía si había agua para lavarnos la cara. Nos indica el aljibe que usan los dromedarios para beber y allí fuimos corriendo, a sabiendas que si le hubiésemos dicho que era para beber nos lo hubiera impedido. Con la atenta mirada de los nobles dromedarios, cargamos un cubo y nos la tiramos encima, refrescándonos al instante. El guía no está a la vista y es el momento de dar unos suculentos tragos cuál dromedarios sedientos.
En Marruecos siempre te aconsejan no beber agua del grifo. Tampoco comer ensaladas ni poner hielo en las bebidas. El agua no embotellada podría causar serios problemas para la salud. Nosotros nunca respetamos esas reglas y nunca hemos tenido problemas. Supongo que tenemos estómagos de acero. El agua de los dromedarios nunca llegó a nuestros labios. El guía, con capacidades de agente espía, nos observó y corriendo evitó que lo hiciéramos. A cambio, nos dio su agua, la que le quedaba para pasar él a beberse la del aljibe.


Dentro de las jaimas el calor era horroroso. Ahí no podíamos dormir, asique decidimos sacar las cuatro mantas fuera y dormir al raso. Un poco más fresco y un poco más peligroso. Los bichos del tamaño de mi maltrecha cámara de fotos rondaban continuamente. Pero no se veía nada, asique solo quedaba confiar en que fueran a por aquel zorro en lugar de a por nosotros.
Despiertas de madrugada, abres los ojos y ves el cielo mínimamente iluminado por una tenue luna. El perfil de las dunas en una noche sin viento y los dromedarios durmiendo a pocos metros de nosotros. Parece un sueño, pero era real. Una sensación de haber salido totalmente de la zona de confort. Esto es lo que busco cuando viajo, solo esto. Todos los problemas que surgen por el camino se compensan con esto. Los ojos se cierran y confiando en que volveremos a la aventura cuando el sol caliente la fina arena de las enormes dunas.





Vuelta a la carretera. Por el camino vemos lugares tan increíbles como las gargantas de Dades, con sus laderas verticales de cientos de metros de altura. Al fondo, un riachuelo. Por allí, nadie. Otra vez soledad al visitar un lugar tan impresionante. Entonces, ¿Qué hace la gente cuando visita Marruecos?. Casi siempre en viajes organizados, pero, ¿no salen? o ¿van y vienen corriendo?. En cualquier caso, no es asunto mío y menos cuando nos conviene a los que vamos por libre.


Ait Ben Hadu es una antigua fortificación bereber. Cuidad Patrimonio de la humanidad y en la que aún viven algunas familias estando en un estado de conservación increíble. Maximo Aurelio pasó por allí en la película Gladiator, y por eso me resultaba tan familiar. Aparcamos al otro lado del río Ounila y para llegar tuvimos que saltar por unas huertas particulares. Luego atravesar el río sobre unos sacos viejos anclados al fondo y por fin estábamos a las puertas de la fortificación. Esta claro que no era el camino habitual para llegar allí. Cogimos un atajo. Un señor negro y grande esperaba en la puerta para ver si pescaba algún dólar de turistas despistados. Pero no habían turistas, solo nosotros, y no estábamos despistados, asique entramos sin más. Dentro si se deja una simbólica propina y ya puedes recorrerlo a tu gusto. Así hicimos, con tráiler de Gladiator incluido (yo era Cómodo y mi hermano Máximo), y pudimos disfrutar de ese entorno para nosotros solos. Salimos poco ortodoxos por el mismo atajo y el 4×4 nos dirigió hacia el este, en dirección a la cuidad roja, Marrakech.




El Mercedes francés seguía en la misma ruta que nosotros. Nos lo encontramos una y otra vez en una de esas casualidades muy casuales. Todo discurre normal en una carretera que se aproxima de nuevo a la montaña. Teniamos enfrente el paso Tizi n’Tichka, el paso de carreteras las alto del norte de África. Enlaza Ouarzazate con Marrakech y su significado es «paso de montaña difícil». ¿Difícil?, pues hazlo con el depósito de gasolina al mínimo, con lluvia intermitentes y en una carretera con obras kilométricas por tramos.
Ahí nos separamos de los franceses y seguimos nuestra ruta teniendo precaución para no gastar más gasolina de lo necesario. Conduce mi hermano y yo manejo el Google maps para buscar gasolineras. No hay, las más cercana a tantos kilómetros como los que marca la autonomía de nuestro 4×4. Hay que jugársela en una carretera de montaña e intentar parar lo menos posible. El entorno es precioso. Alta montaña, verde como los fiordos noruegos. Pequeños pueblos nos dan la bienvenida para poco después darnos la despedida. Otro atractivo más de Marruecos que no aparece en las guías. Aquí lo que no es fácilmente accesible y con comodidades para los occidentales, no existe. Genial, a nosotros nos viene bien. Y a los franceses del Mercedes. Y al resto de aventureros que seguíamos esa sinuosa ruta.


Por fin el 4×4 puede llenar su estómago con un buen atracón de gasolina y ya más tranquilos seguimos rumbo a Marrakech. Cansados pero encantados con este tramo de ruta entramos en la parte no amurallada de la cuidad roja. Por los edificios y por la gente, podríamos decir que estábamos en cualquier ciudad occidental. Comercios y restaurantes de comida rápida nos descolocaban después de tantos días desconectados.
Encontramos la agencia local donde debemos dejar nuestro 4×4 y el propietario mira el coche minuciosamente para, con asombro, felicitarnos. Por la ruta y por el país en el que estábamos, se esperaba encontrar el coche en otras condiciones. Como agradecimiento y porque son honrados, los no listillos, nos acerca a nuestro Riad. El mismo de días atrás y con los mismos maravillosos desayunos en la azotea donde resuenan las mezquitas en los cuatro puntos cardinales.




Lo demás, descanso, té con menta y tortillas bereberes. En el vuelo de vuelta coincidimos nuevamente con la familia de venezolanos. Iban un poco decepcionados por lo vivido en el país bereber. Viajaron con conductor privado y vieron apenas una cuarta parte de lo que vimos nosotros. Ni siquiera el desierto, ni el Atlas, ni ninguno de, lo que para mí gusto son los mayores atractivos del país. Acumulaban malas experiencias con gentes, quizás por su actitud desconfiada y se quedaban maravillados escuchando un desenlace tan dispar de nuestra parte.





Marruecos se ha superado con creces. Nunca pensé tener esta maravilla cultural y natural tan cerca. Para nosotros significó un antes y un después en la manera de viajar. Los miedos a lo desconocido se esfumaron y entendimos que no hay que hacer caso a los que aconsejan sin saber. Nos ha unido y nos ha transformado de turistas a viajeros en un abrir y cerrar de ojos. Marruecos no es cómodo, ni fácil para los inexpertos. Es agreste y duro. Con miradas furtivas que te analizan y te pueden hacer sentir incómodo. Somos diferentes, se sabe, pero a base de experiencias, aprendes que es un pueblo con gentes honradas que saben tratar al visitante siempre que no mires a nadie por encima del hombro.
Por este país puedo escribir acerca de tantos destinos que hemos visitado a posteriori. Nos ha hecho crecer y nos ha hecho conocernos como lo que somos. Gracias Marruecos.