Maldito coronavirus

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Argentina es uno de esos lugares donde el tiempo se pasa volando. Buenos Aires con su magnitud de urbe de contrastes. El norte, con la mejor gente y no peores empanadas. El sur, la Patagonia, la Tierra de Fuego, el fin del mundo, que decir de lugares tan únicos, que sólo con nombrarlos se me ponen los pelos de punta. Argentina es un tango de contrastes, y cuando se toca, no te quieres separar de ella. Salvo fuerza mayor, como una pandemia mundial. Realidad aplastante que ha pillado a tantos viajeros lejos de sus aposentos. Nosotros parte de ese conjunto de inconscientes aventureros, que no podemos estarnos quietos, aún oyendo cantos de sirena sobre una gran pandemia. La sed de aventura no es fácil de saciar.

Desayuno en Argentina
Desayuno en Argentina

A mediados de Febrero partíamos a Buenos Aires. Una visita a esta cuidad, otra a Salta, Jujuy, Humahuaca, y rumbo al sur, Bariloche. En cada bar que entrábamos a degustar la rica gastronomía del país, veíamos los televisores encendidos hablando de los estragos del coronavirus en Europa. Principalmente en Italia y España. Allí, ni rastro de ese virus. Ni mascarillas, ni casos positivos, ni nada de nada. Proseguimos nuestra ruta con tranquilidad hasta el día que volvíamos a casa después de visitar el bosque de Arrayanes. Empapado después de que la fina lluvia penetrara mi chaqueta supuestamente impermeable note que me vibraba el móvil.

Al mirar veo una notificación de Level, la compañía con la que teníamos la vuelta a España a dos semanas vista. «Su vuelo ha sido cancelado, contacte con la compañía lo antes posible».

No me alarmo con facilidad, asique lo aplacé para cuando tuviera más tiempo libre en nuestra cabaña de Bariloche. De camino a esta, más notificaciones, mi madre, mi hermano, más familiares, todos alertando de lo mismo. «Vuelvan a casa que van a quedarse atrapados ahí». A esas palabras le vi un gran atractivo… «… quedarse atrapados ahí». Ya sabes, la sed de aventura que comenté algunos párrafos atrás. Que más da quedarnos aquí un mes más de lo previsto, viendo este gran país con más tranquilidad. Ya tendremos tiempo de volver, pensé en ese momento.

A todas las alertas se añade el SMS de la embajada española. Escueto, informativo y sin soluciones. Los llamo y la situación no mejora. Mas escueto aún, menos informativo y tampoco soluciones.

– ¿Van a enviar algún avión para repatriarnos a nuestro país?

– Por el momento no sabemos nada. Yo que usted buscaría alguna solución, ya que el día 15 de Marzo se paraliza el espacio aéreo entre Europa y América indefinidamente.

Colgamos, y mi nivel de preocupación pasó de 1 a 3 sobre 10. Vamos, un inconsciente.

Seguía empeñado en que si nos quedábamos, podríamos ver más y mejor el país. Más tranquilos, con menos gente.

SMS ministerio covid-19
SMS ministerio covid-19

La presión familiar hizo que no me quedara más remedio que buscar pasaje de vuelta para mi primo. Desde la propia web de Level lo pudimos hacer, pero pagando un importe extra. Vamos, las compañías se estaban aprovechando de esta situación para ganar más dinero. Seguidamente intento cambiar los pasajes de mi hermano y míos, pero veo que ya se han acabado las plazas disponibles en ese avión.

Lo comento con mi hermano, igual de aventurero e inconsciente que yo, y decidimos dejarlo pasar. ¿Y si nos quedamos?. A esas alturas ya nos habíamos alojado en varios Airbnb del país. Muchos de ellos se pusieron en contacto con nosotros para ofrecernos alojamiento si nos quedábamos atrapados allí. Por fin, mensajes tranquilizadores.

Al día siguiente teníamos un vuelo a Ushuaia con escala en Buenos Aires. Mi primo volvería a España, y nosotros nos quedaríamos hasta que se reanudarán los vuelos entre Europa y América Latina. Si eran 15 días genial, si era un mes, mejor aún. Así lo asumimos y así lo íbamos a hacer.

Después de vivir una jornada épica haciendo la Ruta de los 7 lagos, partimos a Buenos Aires con la intención de seguir al fin del mundo. Aterrizamos en Aeroparque y vimos una situación que nos dejó petrificados. Gente con mascarillas. Si, lo sé, ahora parece algo normal, pero en ese momento resultaba cuanto menos extraño. La gente se agolpaba a los mostradores de las compañías aéreas, desesperados por un pasaje para volver con los suyos.

Buscando opciones de vuelta
Buscando opciones de vuelta

Se me ocurre la genial idea de contactar con viajeros españoles en Argentina a través de la aplicación Couchsurfing. Seguro que alguien estaba en nuestra misma situación y podíamos compartir información. Le doy a buscar después de poner los filtros y «voilá» solo un resultado. Le escribo y me responde que se ha ido del país hace un par de días, que ya está en España. Todo el mundo se ha ido antes que nosotros, a la primera señal de alarma, llenando los bolsillos de los directivos de las compañías aéreas, guiados por la desesperación.

Y llega otro mensaje. Los parque nacionales de Argentina cierran. Las carreteras de conexión entre ciudades cierran. En ese momento mi nivel de preocupación aumentó unos cuantos puntos. ¿Qué hacemos aquí si no vamos a poder ni salir a la calle?. En España anunciaban cuarentena. ¿Pero esto que es? ¿El fin del mundo?. ¿No era ese Ushuaia, a donde íbamos ese día?. La duda nos invadió y nos decidimos a preguntar en el mostrador de LAN. Después de hacer la monumental cola y ver a la gente insultado a los trabajadores de dicha compañía, nos dicen que mañana era el último día para regresar a España y que el pasaje nos costaría 2.500 euros. La locura se desataba. Nadie estaba preparado para eso. Desesperación y sacar provecho a ello, tan propio del humano capitalizado. Ningún virus haría que pícara en semejante estafa.

Había hambre. Aeroparque es un pequeño aeropuerto situado en la propia ciudad de Buenos Aires. Nuestro vuelo a Ushuaia, al cual no sabíamos si nos íbamos a subir, salía en 4 horas, asique decidimos comer algo y buscar pasajes por Internet.

Primera opción, vuelta por Uruguay. Montevideo está tan cerca de Buenos Aires que es una opción atractiva. Sólo sería coger el barco que conecta ambas ciudades y un vuelo a España. Encontramos pasajes de avión pero no para ese transbordador que atraviesa el delta rio de la Plata. Opción cancelada.

 

Segunda opción, vuelta por Brasil. Un país que no conocíamos y que era más viable, debido a que no habían impuesto restricciones de vuelos con España. Con la cafetería de Aeroparque como campamento base, buscamos pasajes como locos. Todo vendido, salvo un Buenos Aires – Madrid con escala en Sao Paulo. Buen precio y solo dos plazas libres. Me lancé a comprarlo pero la web fallaba en cada intento. Vuelta a intentarlo cada vez que daba error hasta que se pudo completar la compra. Eso sí, sin confirmar, o eso decía Kiwi, la empresa con la cual los compramos. «Recibirá la confirmación en las próximas horas»… Horas es lo que no teníamos, pero aún así, ¿Qué otra opción teníamos aparte de esperar?

Me gusta más el Burger King que el McDonald’s asique allí fuimos a comer una hamburguesa mientras esperábamos la confirmación. Una superhamburgesa que me supo a paja. El estómago cerrado que no quería que siguiera tragando. El móvil suena y es una notificación de Kiwi… Siii!!! pasajes confirmados. Un paso más , un paso menos. La hamburguesa se digiere y estábamos más cerca de salir de allí y regresar a casa.

Me dispongo a preparar las tarjetas de embarque en el móvil y enviarlas a mi hermano para tenerlas listas cuando sea necesario y me percato que algo no cuadra. El aeropuerto de llegada y salida de Sao Paulo es diferente. Es decir, llegamos a un aeropuerto y debemos salir algunas horas después por otro situado a más de 100 km. Por las noticias que oíamos, al llegar a un aeropuerto internacional, normalmente se están haciendo cuarentenas de 14 días en muchos países del mundo. Nosotros tendremos que salir de un aeropuerto, ir a la calle, coger transporte público e ir al otro. Nivel de preocupación 8 de 10.

Busco el número de la embajada de España en Brasil y me dispongo a llamar. Nuestra cara ya no es la misma, estamos cansados y se nos nota. La gente deambula por el aeropuerto, gente local, ya no vemos turistas extranjeros. Supongo que han sido más precavidos que nosotros.

– Buenos días, embajada de España en Brasil.

Le cuento el problema de los aeropuertos

– Pues la verdad es que no sabemos si va a poder cambiar de aeropuerto. Viniendo de Argentina es posible que no le dejen salir a la calle, salvo para ir a un hotel a hacer la cuarentena.

 

Y me deprimo. Las respuestas no son claras. Todo son dudas y me estoy cansando de esta situación asique cuelgo y me quedo mirando uno de los ventanales de Aeroparque, admirando el río de la Plata, que en su delta adquiere una tonalidad marrón. Tiene su encanto y me hipnotiza. Suena el teléfono.

– Hablamos hace un momento por teléfono, le llamo de la embajada de España en Brasil -me dice con un acento brasileño muy marcado.

– Dígame,. ¿ha podido consultar algo?

 

Simplemente me llamó para darme ánimos. Era una persona muy amable. De las que deben trabajar en una embajada, serio, con ganas de ayudar y conversador. Hablamos largo y tendido e incluso creo haber dicho algo de un «salvoconducto». He visto muchas películas de Bourne.

En resumen, mi primo se va dentro de 22 horas por Ezeiza, el otro aeropuerto de Buenos Aires, directo a Barcelona y nosotros tenemos el vuelo desde Ezeiza a Sao Paulo dentro de 16 horas. Creo que lo mejor es buscar un hotel para descansar un poco.

Booking me da una buena opción en el centro de Buenos Aires, una habitación triple para un descanso antes de los vuelos intercontinentales. Confirmada la reserva, solicitamos un taxi.

Buenos Aires tiene aires de Madrid. Los edificios, el ambiente y sus avenidas. Hay quien dice, que es una mezcla entre Madrid y París. Buena combinación. Aunque hay algo que las diferencia y mucho. Pedir un taxi en el aeropuerto. En Madrid a hacer una cola enorme al salir de la terminal, en Buenos Aires cuatro clics en una maquinita y ya tienes el taxi fuera esperando por ti.

Así hicimos y en un periquete estábamos subidos en el coche negro de techo amarillo. Antes de que se pusiera en marcha recibo otra notificación en el móvil. Desde el hotel me informan que no aceptan ciudadanos españoles, ya que no tienen las instalaciones preparadas para hacer cuarentena. Les respondo y les comento que llevamos en su país mucho más de catorce días, que no tenemos por qué hacer cuarentena. Y se hace el silencio. No hay respuesta y la reserva se cancela por su parte.

 

En este punto de la historia, llegué a sentirme muy enfadado. Una discriminación en toda regla, basada en el país de origen. ¿No me dejas ir a tu hotel por ser español? ¿Ni siquiera te importa si llevo casi un mes en tú país, con lo cual estoy exento de cuarentena?. Hay que remontarse muy atrás en la historia para encontrar situaciones parecidas a esta. El humano sin humanidad, desbordado y con el sálvese quien pueda como premisa.

Dejando atrás
Dejando atrás

Sin dudarlo bajamos del taxi, sacamos las maletas y volvimos a la terminal del aeropuerto. Esta vez a pedir otro taxi para ir a Ezeiza. Asumimos que teníamos que estar todas esas horas allí, sin nada que hacer, con un cansancio mental y físico acumulado, para luego coger otros vuelos, que acumulados, sumarían más de 12.000 km.

Lo cogimos, el taxi, y a toda velocidad y con un conductor conversador, nos dirigíamos a Ezeiza. El chófer no le dio importancia a nuestra procedencia, mucho más humano que el regente del hotel. Hablaba de su cuidad querida, su Buenos Aires. La vendía muy bien, aunque a mi ya no me hacía falta. Lo poco que vi me había enganchado y sabía que sin duda tenía sin que volver allí.

Este aeropuerto es mucho más grande. Donde va a parar. Ese sería nuestro campamento base las siguientes horas. Teníamos que buscar un lugar donde estar cómodos y dejar pasar el tiempo.

Casi no había gente. Los pocos que veía, deambulaban con mascarilla, caretas protectoras e incluso con protección EPI. Mi primo tosía constantemente, siendo sospechoso del mayor crimen que puedas cometer en ese momento, toser.

Que mejor que un dulce para endulzar la situación. Alfajores Havanna tiene un puestito en este aeropuerto y nos pareció un buen refugio para pasar las primeras horas de espera. Comimos y compre un par de cajas para mis amistades Argentinas en España. Me los habían encargado encarecidamente. ¡¡Che, no te olvides de los alfajores¡¡.

Unas chicas simpáticas me atendieron y pasamos el rato dialogando.

 

– ¿De dónde sos?

– ¿Qué te pareció Argentina? ¿y las minas de aquí, te gustaron?

– ¿Son familia, en serio, si no se parecen en nada ?

– ¿Tenés novia?.

– Cuando cerremos quédense aquí en los sillones echados si quieren, seguro están más cómodos.

 

El tiempo pasaba entre golpes de tos de mi primo. Entró otro turno en el Havanna y este era menos chicharachero. Decidimos movernos a la planta alta donde encontramos un sitio para comer. Estábamos muy cansados y después de llenarnos el estómago, necesitabas echarnos un poco.

Fue una grata sorpresa encontrar una zona de relax, con césped artificial. Pequeña pero útil para echarte y apoyar la cabeza en la maleta. Caímos rendidos entre cabezas y pies sudados de desconocidos. No importa, el cansancio no tiene escrúpulos. Roncamos un poco, por lo menos unos minutos pero estaba algo tenso por la situación. Nunca hubiese pensado que tenía que cancelar un viaje por un pequeño virus. El fin del mundo, ahí es donde quería ir. Tan deseado por mi desde toda la vida, el fin del mundo. Extremo y exótico. ¿Por qué? y ¿Por qué huelen tanto los pies de ese señor?.

Entre pensamientos, suena la alarma del reloj. Son las tres de la mañana y es hora de ponerse en pie para nuestro vuelo a Sao Paolo. Nos despedimos de mi primo, medios dormidos y le cedo mi reino, un trozo de césped muy codiciado por los que allí deambulan.

Descansando en el aeropuerto
Descansando en el aeropuerto

Un vuelo a Sao Paulo a las tres de la mañana hace conocer gente de lo más variopinta. Entre ellos un señor pequeñito, italiano y menos simpático de lo que se creía. Todo el vuelo haciendo bromas a las que nadie hacía caso.

Sao Paolo es enorme. Igual de enorme que sus rascacielos, en uno de los skyline más impresionantes del mundo. Bajamos del avión y rellenamos el típico formulario de entrada. Los pasillos del aeropuerto Campinas se sucedían y nadie nos daba el alto, con lo cual veíamos que se hacía realidad la posibilidad de entrar al país sin cuarentena. Y así fue. Un bus hiper-cómodo nos llevó a la estación central de trenes de la ciudad. Servicio incluido en el precio del pasaje de avión con la compañía Azul, debido a que este aeropuerto es pequeño y alejado de todo.

Que cambio. Allí otra vez desaparecen las mascarillas. Gente apelotonada en la estación de tren de una ciudad de más de 12 millones de habitantes. Brasil, de repente quiero conocerte, quiero playa, quiero Río de Janeiro. Pero no se puede, tenemos hambre y debemos coger un Uber al aeropuerto internacional Guarulhos.

Uber nos dispone de un conductor joven y eficaz. Algo se agradecer para dos personas que llevan casi dos días sin pegar ojo. Subimos y nos dejamos llevar a Guarulhos. No se si los conté bien, pero la autopista tenía unos 14 carriles, una barbaridad. El conductor quiere zamparse los 111 km en el menor tiempo posible. Brasil, quiero conocerte, pero a otro ritmo.

Un faro de una moto que va delante se desprende y sale despedido para dar a parar en el parabrisas de nuestro Uber. Un golpe seco y un pequeño volantazo me hace espabilarme en décimas de segundo. No pasó nada, solo el susto.

Llegamos a Guarulhos y por un error de la aplicación de Uber no se realiza el pago del transporte. Cosas que pasan, tenemos sueño y el ánimo por los suelos asique nos metemos en la terminal y localizamos unos asientos tranquilos donde descansar un poco. Poco más que destacar, salvo que recuerdo que teníamos que comprobar si el efecto de Coriolis hacia que el agua de los lavabos girará en sentido contrario en el hemisferio sur. Vamos al baño, tapamos el sumidero, abrimos el grifo y ponemos unos pedacito de papel higiénico para verlos rotar. Liberamos el sumidero y el efecto nos deja boquiabiertos, pero de cansancio, ya que se desintegra el papel y allí no ocurre nada. Vuelta a los asientos a descansar.

El vuelo de Sao Paulo a Madrid es con Iberia. Debe ser tranquilo, casi no hay gente en el aeropuerto. Fue subir al avión y coger unos cuantos asientos libres para poder echarnos, cosa imposible porque siempre está el impertinente de turno sentándose en el asiento que te faltaba para apoyar la cabeza y quedar completamente echado. No importa, nos dormimos sentados en el asiento y caemos en un sueño profundo. Total, tenemos nueve horas por delante sin que nadie nos moleste.

– Señor, eh señor.

Me cuesta abrir los ojos. Los tengo pegados, no puedo más con mi alma. Cuando lo consigo, veo delante mío un azafato despertándome para decirme que quiero de beber con el menú. No puedo ni contestar, solo ha pasado media hora desde que despegamos y estoy completamente «ido» después de haberme dejado dormir. Como se le ocurre despertarme.

-Agua, y vete de aquí, murmuró.

Ocho horas y media después, en las que descansé poco y mal, llegamos a Madrid. Ya era nuestro país, ese que no te ayuda cuando estás atrapado en el extranjero, aún así, nuestro país. Aquí las cosas serían más fáciles. Si no puedo volver a mi pequeña isla por restricciones aéreas, por lo menos tengo un hermano viviendo allí que podría darnos alojamiento.

Madrid tiene aires de Buenos Aires y barajas en ese momento era la nada. Sin gente, ningún sitio abierto para comer. Nada, absolutamente nada. Unas horas atrás la estación de Sao Paulo era un hervidero de gente y ahora Barajas.. , ¿Qué ha pasado aquí?.

En el momento que estuvimos esperando en Guarulhos, compramos los pasajes de Madrid a Tenerife, asique ahora solo era esperar muestro último vuelo y ya estaríamos en casa.

¿Y nuestro primo? ¿Cómo le habrá ido en su vuelo?

Debo decir que él se había quedado preocupado por nosotros, sabiendo que era posible que no saliéramos de Brasil. Digamos que el tenía el camino más fácil y nosotros un periplo más incierto. Le escribo por WhatsApp y me contesta.

El destino nos separó en Buenos Aires y el destino nos unió en Madrid. Caminos diferentes pero el mismo final. Ahí estábamos, los tres juntos de nuevo, casualidad de comprar los mismos pasajes a las mismas horas. Vemos una cabellera roja al fondo del pasillo del aeropuerto y en efecto, era él. Agotados hasta el límite de nuestras fuerzas, nos subimos al último vuelo, este de menos de tres horas, que nos llevaría a casa.

La llegada a Tenerife no tiene nombre. Lo mismo que Barajas, todo un sinsentido. Ni siquiera pueden ir a buscarnos al aeropuerto, ya que no está permitido circular en el coche más de una persona, y menos sin justificación.

Ponemos los pies en la tierra, sentimos el sol de Canarias en nuestras caras y cogemos la guagua para llegar a casa. Contentos de llegar, tristes de ver cómo ha cambiado el mundo.

Felicidad de la llegada
Felicidad de la llegada

Valió la pena

Volvería a hacer este viaje una y mil veces. Sabiendo que se venía un virus, sabiendo que tendría que dejarlo a medias, que el regreso se complicaría y me daría para escribir una crónica más larga que el último libro que he leído.

La experiencia ha sido única. Ha demostrado que somos capaces de salir airosos de la adversidad y de que cuando se viaja, lo interesante se construye en el día a día, no sin importar el destino. Argentina nos ha hecho madurar en esto de los viajes. Tanto como en su momento Marruecos nos hizo sentir el espíritu aventurero. Nos ha unido más y mejor porque la situación lo requería, y aún, un año después seguimos rememorando esos días tan mágicos.

Presiento que hemos vivido la mejor época para viajar. Donde había libertad. A partir de ahora, con virus de por medio, me da la sensación que algo ha cambiado para siempre. Las nuevas generaciones no se darán cuenta, ya que no conocerán otra realidad, pero nosotros, los que hemos vivido lo anterior, sentiremos que nada será igual. Como decía el tango de Julio Sosa «que me quiten lo bailao».

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No hago quias de viaje, solo cuento experiencias

Rutas divergentes

1 comentario en “Maldito coronavirus”

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