Escocia, los inicios

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Cierto día de verano de cierto año del que ha pasado más de una década, surgió la genial idea de planificar un viaje en el que nos aventuraríamos al norte de Escocia. Lo más al norte que pudiéramos. Cuatro inexpertos que nunca habían viajado juntos y con perfiles dispares, intentarían convivir unas semanas en los preciosos paisajes de Gran Bretaña. Unidos por la sed de explorar lugares nuevos, nos ponemos manos a la obra para hacer coincidir nuestras agendas. En este caso, y sin que sirviera de precedente, fui el último en apuntarme. Eso significó que no planifiqué absolutamente nada. En los sucesivos viajes he sido el encargado de encontrar el destino y planificar todo lo medianamente planificable, algo que con el tiempo ha ido perdiendo fuerza. En estos momentos la planificación es mínima, dejándonos llevar por improvisación y la aventura.

Atardecer en Londres
Atardecer en Londres
El grupo en el aeropuerto de Londres
El grupo en el aeropuerto de Londres

Volviendo a aquel verano, mi hermano Sergio fue quien tuvo la idea del destino. Un poco de Inglaterra, que al final se quedaría en la siempre sorprendente Londres, y un road trip por las tierras altas del norte de Escocia. La idea sonaba bien, para lo que sería nuestro primer contacto con este tipo de viajes.

Partimos tres de los integrantes con destino a Madrid y después de poner patas arriba nuestra habitación triple, reacondicionándola a nuestro gusto, recogimos a Sergio y seguimos a Londres. Una vez allí, al movernos por estaciones de metro, sentimos el peso de las maletas en todo su esplendor. Hoy en día viajo con 7 kilos durante un mes sin problema. En ese momento, las cosas eran diferentes. Una maleta de las de 20kg nos acompañaba hasta llegar a nuestro alojamiento en gran ciudad. No era otro que el recién estrenado Tower Of London Hotel. Debo decir que es lo único que hice de todo este viaje, reservar el hotel de Londres y vaya que si cumplí con creces mi objetivo. El hotel era nuevo, a estrenar y de ahí que tuviera unos precios accesibles para nuestros delicados bolsillos. Un lujo, que si lo intento reservar ahora, me sería prácticamente imposible.

Entre maletas en el tren
Entre maletas en el tren

En Londres se hace lo que se va a hacer a Londres. Pasear, ver algún museo, disfrutar de la noche, comer fish and chips y sentir como vibra la cuidad más cosmopolita de Europa. Después de un día agotador, siempre acabábamos en el mismo lugar, Picadilly Circus. Nos encantaba el ambiente al caer la tarde, ver gente de todo tipo que, sin complejos, hacían lo mismo que nosotros. Más de una vez, la tarde se nos hacía noche mientras merodeábamos por las calles. Entrábamos en un restaurante, comíamos pastel de carne y salíamos hacia algún pub donde disfrutábamos de las cervezas artesanales. 

Una caña en la City
Una caña en la City

Un día cualquiera de esos que comento, me despisto un rato hablando por teléfono y a mi vuelta veo a Sergio charlando en la barra con una chica. Era rubia platino, de ojos claros y con una constitución que me hacia pensar que era de más al norte, y se entendían en un inglés tosco pero efectivo. Nosotros tres atentos a la jugada. Nuestro explorador regresa a la mesa donde nos encontrábamos y nos da los detalles. Ella, islandesa y de mente liberal, quería quedar con mi hermano y dos chicos más, uno de ellos, su marido, para irse al hotel juntos. Imagino la situación y me doy cuenta de que Islandia es un país liberal. Las mujeres tienen la batuta en muchas situaciones y en este caso mi hermano mayor encajaba perfectamente en sus planes orquestados. Las ganas de fiesta continúan y al cerrar el pub, nos marcan con un sello, cual ganado, y nos envían a una discoteca colindante.

A por Picadillus Circus, Londres
A por Picadillus Circus, Londres

Seguimos allí con nuestras copas y nuestros bailes poco ortodoxos mientras, la misma islandesa sigue con el acoso incesante a Sergio. Lo conseguimos zafar de la situación y nos sentamos en unos reservados mientras una camarera española nos hace descuentos con las copas. Conozco como funciona ese tipo de agasajos pero no mi primo, que cae en la trampa de consumir una tras otra pensando que le gustaba a la guapa azafata. Y así fue nuestro estreno en la noche Londinense, donde ocurrieron más cosas en las que no entro en detalle. A las tantas decidimos irnos a dormir para tener fuerzas de cara al plato fuerte del día siguiente.

El museo de historia natural de Londres es uno de los mejores del mundo en su especie. Tiene ejemplares únicos y es una visita obligada cuando en tu grupo hay un biólogo. Allí fuimos por la mañana y allí perdimos la oportunidad de verlo en condiciones. La resaca del día anterior nos dejó con unas caras de muertos vivientes, que quedarán en la eternidad en las fotos que sacamos entre esqueletos de dinosaurios y ballenas gigantes.

Resacón en el museo de Historia Natural, Londres
Resacón en el museo de Historia Natural, Londres

Los días se sucedían y con la premisa de «if night no day», seguimos disfrutando de la gran cuidad de Londres. El hotel en medio de la City, el núcleo empresarial de la cuidad, nos daba tardes de té a las cinco en punto. Un ritual adquirido de juntarnos en las habitaciones a escuchar música mientras tomábamos la tradicional bebida. Los desayunos se alargaban entre conversaciones y en la noche subíamos al bar de la azotea a disfrutar de cervezas Peroni al precio de oro.

¿Funcionara?
¿Funcionara?
Ataque de risa en Londres
Ataque de risa en Londres
Zona de Trocadero, Londres
Zona de Trocadero, Londres

Todo tiene un fin y un nuevo principio y ese fue el día que salimos de Londres y nos dirigimos a la capital del país vecino, Edimburgo. Una llegada relámpago para una distancia tan corta y ya estábamos metidos de lleno en el país que recorreríamos varios días en coche.

Edimburgo no es Londres, ni se parece. El ambiente en las calles es otro, los edificios son otros y la comida es definitivamente otra. La llegada a nuestro hotel fue bajo un chaparrón monumental y el vestuario elegido para visitar esas latitudes era más bien escaso. Era Agosto y pensamos que con un abriguito sería suficiente. Preguntamos en recepción si tenían un paraguas y tras la negativa salimos a la calle a buscar un centro comercial. Había uno a medio kilómetro y salimos corriendo, cruzando avenidas y rotondas en la noche fría y lluviosa. Compramos botines de lluvia y comida y volvimos al hotel para disfrutar de la sauna caliente de la que disponía en sus bajos.

En un cementero de Edimburgo
En un cementero de Edimburgo

Todos los días cogíamos un tren de cercanías que nos acercaba al centro histórico de la ciudad. El ambiente allí era increíble, muy místico, y el entorno estaba mimetizado con la música que sonaba de fondo. Las gaitas estaban en cada esquina y daba la sensación de haber retrocedido quinientos años en el tiempo.

La Milla de Oro es la principal avenida peatonal que va a desembocar en el castillo de Edimburgo. Allí nos dirigíamos en un bonito día que de pronto se convirtió, para dar paso a el diluvio universal. Un palo de agua incesante y con la fuerza suficiente para empaparte en segundos, hizo que tuviéramos que meternos en una pequeña tienda de souvenirs. Allí encontramos la solución a todos nuestros problemas, unas bolsas de plástico, color amarillo chillón, convertidas en impermeables. Una cutrada de un solo uso, pero que evitaría que acabáramos remojados como patos. Seguimos subiendo y finalmente pudimos llegar al castillo. La lluvia se fundía con él y con el ambiente, creando un entorno armónico. La humedad afloraba en las paredes de piedra, junto con el musgo, haciendo que el olor a lluvia nos reconfortara por momentos. Me gustó que lloviera así y nos dejó recuerdos como vernos metidos en una cueva de los bajos del castillo, cual elfos, protegidos del aguacero.

En una cueva bajo el castillo, Edimburgo
En una cueva bajo el castillo, Edimburgo
Bolsas antilluvia, Edimburgo
Bolsas antilluvia, Edimburgo

La sopa caliente hizo el resto, calentando nuestros estómagos para luego, ya sin lluvia, recorrer los miradores de la ciudad. Vuelta al tren, vuelta al hotel y cambio de planes para los siguientes días, que nos daría la libertad de conducir por las preciosas carreteras escocesas.

Salimos hacia el norte con la incertidumbre de la conducción por el lado izquierdo. Sergio se encargo de ello mientras los demás nos encargamos de ver los preciosos pastos rodeados de preciosos riachuelos.

 

– Una ovejita, para a ver si puedo acercarme.

 

Ese fue mi lema día tras día. Los demás se reían, pero para mí era tan bonito ver ese animal en medio de las praderas.

Ojevas en el prado, Escocia
Ojevas en el prado, Escocia

Las cascadas y riachuelos se sucedían y cada vez que veíamos una, parábamos. Nos metíamos en poco en el agua y seguíamos. Era naturaleza en estado puro y las distancias entre pueblos se iba haciendo mayor. La poca planificación hacia que nos pillara el hambre en medio de la nada, y como perros hambrientos miraríamos por las ventanillas buscando un olor que indicara el camino a seguir. Y así fue, olor a pollo y frenazo en la carretera para coger el desvío al único restaurante en kilómetros. Unos platos suculentos con mil salsas a elegir, nos dejaron más que satisfechos y con fuerzas para poder seguir haciendo kilómetros como locos.

Juntos frente al lago en un entorno increíble, Escocia
Juntos frente al lago en un entorno increíble, Escocia

Las destilerías del buen whisky escocés asomaban por todos lados y los paisajes con ovejas cada vez eran más frecuentes.

 

-Para, quiero verlas mas de cerca.

 

Los bed and breakfast baratos funcionaban perfectamente. Las rutas eran larguísimas y a veces llegábamos muy tarde a los alojamientos. Recuerdo un pueblo pequeñito donde tuvimos que dar vueltas y vueltas para encontrar el b&b. Cuando por fin lo conseguimos nos atiende un chico joven con la cara semidesencajada. No le entendimos nada porque estaba más que borracho y nosotros más que cansados. Subimos a la habitación y la que nos toca a Marcos y a mi desprendía un olor tan fuerte a comida que se hacía difícil estar allí. Instalados encima de la cocina, con la moqueta caliente del calor que está desprendía vamos a darnos una buena ducha. Desde el baño vemos el baño de Iván y Sergio, al otro lado , donde la intimidad era prácticamente nula. Los vimos casi desnudos intentando ducharse y seguro ellos y el resto de habitaciones a nosotros. Sola una anécdota de lo divertido que resultaba siempre llegar a un alojamiento.

Cementerio en Escocia
Cementerio en Escocia

En el norte, más al norte de lo que imaginamos que es el norte, vemos un cartel en la carretera que indica nuestro objetivo. Frenazo y marcha atrás para poder sacarnos unas fotos, con el peligro que ello conllevó y plasmado quedamos con los brazos abiertos, símbolo de victoria. «Wellcome to Highland» («Bienvenidos a las tierras altas de Escocia»).

Llegamos a las Highlands
Llegamos a las Highlands

Los castillos eran impresionantes, bellos de verdad, rodeados de lagos y praderas de un verde intenso. William Wallas tenía un sentido especial en algunos lugares. Es un héroe para los escoceses y le dedicaban monumentos para demostrarlo. Imponente el que está cerca de Edimburgo.

Posando entre montañas, Escocia
Posando entre montañas, Escocia
Paseando en los jardines, Escocia
Paseando en los jardines, Escocia

Y de la nada, siguiendo nuestra ruta que siempre marcaba el norte como referencia, conseguimos ver el increíble lago Ness. Lo místico se une con la belleza natural y nos muestra la magnitud de este precioso lago. Es grande, mucho y lo estamos viendo constantemente mientras avanzamos en la ruta. Teníamos un claro objetivo, que no era otro que bañarnos en el. Dejamos pasar todos los muellecitos habilitados para ello, que no eran muchos, y de pronto nos encontramos en mitad de la nada. Paramos el coche y nos adentramos entre la maleza a pesar de la prohibición de estar allí. El lago es profundo y tiene fuertes corrientes, con lo cual está prohibido bañarse en él en las zonas no habilitadas. Nos escondimos y llegamos a un pequeño claro donde nos desnudamos. Sergio grababa escena y los demás, uno por uno, nos íbamos metiendo en el agua. ¿Fría?, no, helada. La fina lluvia caía sobre nuestros cuerpos casi desnudos y con gritos para representar lo que sentíamos, nos introducimos en el agua. Fue uno de esos momentos míticos, que recordamos muy a menudo cada vez que nos juntamos, eso sí, sin monstruo de por medio.

Listos para un baño en el lago Ness, Escocia
Listos para un baño en el lago Ness, Escocia

Los ríos tienen un agua transparente y paramos a refrescarnos a menudo. Marcos, aficionado de Tintín, compró una falda escocesa en Edimburgo. La sacamos del coche y corrimos ladera abajo para sacarnos unas fotos con ella puesta. Un perro casi nos muerde y bajo un puente precioso sacamos las fotos, haciendo de modelos, tordo desnudo y solo vestidos con la falda a cuadros. Fotos y más fotos rellenaban las tarjetas de la cámara mientras en alguna que otra parada, los mosquitos nos acribillaban con sus aguijones. Bajaba, corrías y en menos de que cuentes a diez ya estabas más que perforado para luego rascarte sin parar unas cuantas horas.

Cual escocés
Cual escocés
Recibiendo picadas de mosquitos mientras posamos, Escocia
Recibiendo picadas de mosquitos mientras posamos, Escocia
Obteniendo energía, Escocia
Obteniendo energía, Escocia

Después de ver todo lo visitable, decidimos saltar a alguna isla cercana. Mientras desayunábamos en uno de nuestros campamentos base, preguntamos al camarero opciones.

 

-Sin ninguna duda, la isla de Skye.

 

Y hacia allí partimos en un nuestro carruaje conducido por el chófer de siempre. Para llegar se atraviesa un puente que conecta la isla con tierra firme y nada más entrar se puede apreciar la diferencia en los paisajes. Esta vez son valles más planos y erosionados, dejando entrever lo que fueron años atrás, fiordos. El mar se abre camino entre las montañas y es una maravilla ver los pocos rastros humanidad que hay por la zona. Díez mil habitantes conviven en este entorno único y ojalá esa cifre no aumente, para que así se mantenga tal cual lo apreciamos nosotros.

Satisfecho de haber llegado, Escocia
Satisfecho de haber llegado, Escocia
Paisaje entre montañas, Tierras altas de Escocia
Paisaje entre montañas, Tierras altas de Escocia

Seguimos, esta vez hacia el sur para llegar a nuestra siguiente gran parada, Glasgow. Antes, paramos en un riachuelo. Para acceder a él había que saltar un muro con una caída de casi tres metros. Primero Iván y luego Sergio, quien ni miró para medir la distancia. Se precipitó a esa altura y con un grito de dolor supimos que había caído mal. Iván desde el otro lado decía «ya se mató» y Marcos y yo saltamos sin dudarlo, al rescate. Una buena herida en el brazo, que afortunadamente no requirió médico, hizo que el resto de la conducción fuera dolorida.

Posando con nuestro coche, Escocia
Posando con nuestro coche, Escocia
Orgulloso después de la caída
Orgulloso después de la caída
En un cementero de Edimburgo
En un cementero de Edimburgo

Como decía, Glasgow, a orillas del río Clyde, es la ciudad más grande de Escocia. Muy diferente a Edimburgo y para peor. Llegamos de noche, aparcamos donde no sabíamos si se podía aparcar y entramos a comprar provisiones antes de entrar al hotel. En unos ochenta metros vimos más borrachos que en toda mi vida (descartemos carnavales, romerías y fiestas con barra libre). La tienda de provisiones llena de cámaras de seguridad y el hotel lleno de borrachos bebiendo en la recepción. Subimos a las habitaciones e Iván Y Sergio se fueron a la suya. Marcos y yo en la nuestra revisamos un poco por encima para darnos cuenta que algo no estaba en orden. La sabana de una de las camas estaba con manchones de sangre, y no seca, más bien fresca. Bajamos a recepción, bronca al canto y cambio de habitación. Los otros dos ni se enteraron, los ronquidos nada más entrar, resonaban por todos los pasillos.

Desde mi punto de vista, Glasgow no es bonito asique no tengo nada más que comentar sobre esta ciudad de la que, años después, una autóctona del lugar me contó maravillas. Después de saber mi opinión, me dijo que tendría que volver a verla con una local, para que mi idea cambiará totalmente.

Castillos en la orilla del lago Ness
Castillos en la orilla del lago Ness
Puente sobre un rio de Escocia
Puente sobre un rio de Escocia

Con la sensación de haber cumplido un primer viaje en grupo perfecto, embarcamos las pesadas maletas en los mostradores de Ryanair. O lo intentamos, ya que el que compró los billetes, se olvidó de añadir el equipaje, dejándonos las caras largas tras el desembolso correspondiente.

Este viaje abrió muchas puertas, nos dejó la miel en los labios para que en los sucesivos años repitiéramos la hazaña una y otra vez. Un grupo que se entiende es un grupo perfecto para salir a la aventura. Cada cual tiene su función y nada como salir de tu zona de confort para que las circunstancias te unan a los demás, creando un equipo para toda la vida.

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No hago quias de viaje, solo cuento experiencias

Rutas divergentes

5 comentarios en “Escocia, los inicios”

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