Usa es de esos destinos que nos hace reconciliarnos con el cine. Sin haber visto nada ya lo hemos visto todo. La comida, los mega coches, esos temidos policías con pintas de chulos, más comida calórica, las ciudades con rascacielos y las exageraciones se dan la mano en un país, que al ser visitado, nos hace sentir con en una película de Hollywood.
Esta vez, un equipo de tres partimos en un vuelo barato hacia los Ángeles en Level, una compañía muy económica donde los aviones tiene alas y dos pilotos, por lo demás, todo son carencias.


Los Ángeles es una de las ciudades más extensas del mundo y nos recibía de noche. Nada más salir del aeropuerto ya sé que estoy en un lugar diferente a los que estoy acostumbrado. Un olor a contaminación hace acto de presencia y los causantes, unos motores V8, resuenan dejando una sensación de poderío, sobre todo económico.
En el aeropuerto no pudimos comprar la ansiada tarjeta Sim para el móvil, algo esencial para nosotros, y por ello tuvimos que conformarnos con coger un taxi hacia nuestro alojamiento. Se trataba de una bonita casa en un barrio no tan bonito. Mid City, céntrico y lleno de Salvadoreños inmigrados a USA desde el sur. La primera impresión no era buena y las recomendaciones de evitar la calle de noche nos hacía sentir unos pardillos en una jungla de asfalto.


La casa era bonita, grande y espaciosa. Todo enorme, la cocina, las camas y los paquetes de cereales tamaño XXL para panzas de talla similar. La música hip hop resuena en las casas colindantes a todo volumen y sentimos que de allí no aguantaríamos ni el primer asalto. Tonterías, en este gran país no te puedes llevar por las apariencias, la calle se tranquilizó y pudimos disfrutar de una noche reparadora tras una cena salvadoreña, cortesía de la anfritiona.
Los Ángeles es una cuidad enorme donde el transporte público es escaso. Aquí sí no tienes coche, no eres nadie. Las aceras para caminar son feas y descuidadas y las distancias son tan grandes que ir de un barrio a otro significa ir de una cuidad a otra en Europa. Una vez que pudimos comprarle nuestra tarjeta Sim a unos mexicanos, la experiencia se tornó mucho más agradable. Lyft, la símil de Uber de la costa oeste nos íntegro en una ciudad plagada de coches. Autopistas de diez carriles atraviesan la ciudad como si la cortara a cuchillo, para luego ascender sobre otra y formar un scalectrix de carriles pensados para que no pares en tu ruta. Curioso, teniendo en cuenta los atascos tan monumentales que se forman.,


La playa de Santa Mónica fue el escenario de Los Vigilantes de la Playa y nuestro destino en uno de los agobiantes días de agosto. El calor nos tostaba, pero el mar no resultaba tan refrescante como esperaba. La bruma del Pacífico hace que parezca de esta nublado, aunque eso no evita que nos demos nuestro primer chapuzón en este océano. La avenida de Venice Beach es otra historia. Lo alternativo se da la mano con lo pintoresco y disfrutamos de uno de los mejores paseos del viaje.


Todo marchaba sobre ruedas, sobre las de los coches de Lyft que nos llevaban a todas partes en un abrir y cerrar de ojos. La cuidad fluye y disfrutamos del paseo de la fama de Hollywood, de las terrazas del mismo barrio y de una esquina de la calle Rodeo Drive donde podemos ver pasar todo tipo de personajes variopintos. Los criticamos y pasamos la tarde viendo como la cuidad es pura apariencia de capital. Más dinero, más poder y más apariencia. Es es la tónica de las grandes ciudades de USA, para eso lo educan y para eso viven.
Despues de criticar a media cuidad, cogimos un Lift hacia el mirador de Griffith. Su conductora, una joven afroamericana baila al ritmo de la música. Tiene flow y se nota. Nos contagia de ese buen rollo y nos hace llegar al mirador más alto de la cuidad.
– ¿No es esa Jeniffer Lawrence?.
-Ostras, si que se parece.
Creo que lo era, pero siempre me quedará la duda de si conducía ese coche que nos crazamos en el camino.




No había visto la película de La La Land pero se ve que todos los demás visitantes si. Este lugar nos sirvió de respiro para un día muy largo, que sería el último en la ciudad de las estrellas. Subir al Griffith fue fácil pero bajarlo no tanto. Sin señal de móvil y dependiendo de Lift o Uber para solicitar un coche, que al final pudimos conseguir paralizando todo al acceso al observatorio, fue una odisea volver a nuestra casita salvadoreña. Dormimos, recogimos nuestras cosas y echamos un último vistazo al armario de las sorpresas. No era otro que uno de los guardarropas de la habitación, convertido en sala de seguridad de la casa. Varios monitores se agolpaban, mostrando lo que emitían las cámaras que rodeaban el perímetro. Vamos, era un barrio seguro, sin duda.




Por fin recogemos nuestro coche para el resto de la aventura. Nada especial, un coche espacioso y potente para recorrer varios desiertos y parques naturales de la costa oeste. Le fallaba el termómetro y para mi fue como si le fallara la dirección asistida. Lo necesitaba, quería ver que temperatura haría en los desiertos. Eso me fascina, la meteorología extrema. Mi hermano lo intentó, agachado, uniendo cables bajo el coche mientras nosotros comprábamos agua para el camino. Pero no fue posible.
El desierto de Mohave es de los sitios más calurosos que he visitado. La sensación al bajar del coche es agobiante, faltando el aire para respirar. Es seco, mucho, y es espectacular. Las llanuras son eternas y la visión abarca kilómetros, para ir a parar a la línea de unión del cielo con la tierra. La ruta es bonita, los moteles no tanto y la llegada a la zona del parque nacional más famoso del país se produce sin más incidentes que la pesadez del estómago causada por una comida tan calórica.


Roberta nos recibe en su casa. Grande, bonita y con los detalles de una mujer que vive sola y que confía en la gente sin dudarlo. Cenamos lo que pillamos en las despensas, que no eran otras cosas que leche y cereales, y nos vamos a la cama a disfrutar de la tranquilidad. Por la mañana el cortacésped, que en el barrio tiene fama de incordiador, nos despierta y disfrutamos de un desayuno viendo los colibrí volar en el jardín de Roberta. En quince minutos ya estábamos en los aparcamientos del Gran Cañón del Colorado.


En USA todo son comodidades y todo está preparado para que no tengas que complicarte la vida. Así es en sus parques nacionales donde, pasando antes por caja, tienes el mejor servicio del mundo. El gran cañón impone, enorme y en medio de un paisaje donde no te lo esperas. Es uno de los tops mundiales y a pesar de ser muy visitado no notamos el agobio de gente de otros lugares.
Nada más que destacar, hay ciertos lugares en la naturaleza que hay que verlos para sentirlos.
Roberta se asombra al saber que el siguiente día visitaremos otro parque nacional, el Monument Valley.
-¿Van a llegar en tan sólo un día?.
-Si Roberta, y nos sobrará tiempo para comernos algunas hamburguesas con Dr Peeper por el camino.


Los paisajes poco a poco se tornan de color rojizo y nos da la sensación que de un momento a otro saldrá John Wayne en un caballo para darnos el alto. En Monument Valley hay indios. Si, indios como los de las pelis, o casi. Son los que gestionan el lugar, los restaurantes, los accesos, venden artesanías y hablan un inglés complicado.
En un inglés sencillo.
-Buenos días, puede darnos un termómetro – dijo mi hermano al chico de la ferretería.
-¿Como? no le entiendo. ¿Qué si puedo darte el que?
-Thermometer
-Lo siento no lo entiendo.
Parece ser que no nos entendía porque la pronunciación no era como el quería. Esperaba la pronunciación Zermometer y una simple letra hacia que se le bloquease el cerebro. Eso nos ocurrió varias veces. Mi primo se volvió loco en un supermercado preguntando por eggs, cuando la empleada entendía Axe, el desodorante.


La ruta nos llevó a Antylope Canyon, un cañón formado bajo la tierra donde las formas hacen volar la imaginación. La espera fue eterna bajo un sol abrasador y cuando pudimos entrar, siguiendo al guía, admiramos cada formación rocosa. Era increíble, uno de los sitios mas impresionantes que me visto en mi vida. Un lugar tan seco y que hace años atrás causó una tragedia por una inundación. No porque lloviera allí, más bien en las montañas a cientos de kilómetros, para que un rio subterráneo llegara al cañón engullendo a todos los que se encontraban dentro. Que angustia.
Salimos y el tiempo cambió bruscamente. Pasamos de un sol incesante a una tormenta de desierto. El viento huracanado que formaba torbellinos de arena y la lluvia torrencial nos pillo por sorpresa de camino al coche. Fueron minutos, pero parecieron años.




Desde allí partimos al pueblo de Page, que se encuentra muy cerca de la Herradura, un meandro que forma el río Colorado. Llegamos justo para ver el atardecer y los colores se iban tornando en rojizos. Un auténtico espectáculo visual de como la naturaleza, lenta pero constante, transforma el paisaje a su antojo. Al irnos una estampida de chinos venían corriendo para ver el espectáculo de colores, pero ya era tarde, la noche estaba cayendo y los colores daban paso a los grises para irse a dormir hasta el siguiente amanecer.




Seguimos surcando el aire por carreteras perfectas un país perfecto para el turista. Aquí no hay opción de ser un aventurero, las cosas están tan mascadas que no hay lugar a la improvisación. Y más hacia donde nos dirigíamos, la meca del capitalismo, la fabulosa Las Vegas.


La llegada no pudo ser mejor. Una lluvia fuerte nos hace aminorar la marcha para, después de girar una curva , ver el espectáculo de luces de la ciudad del pecado. Buscando nuestros aposentos, recorremos la avenida principal viendo los hoteles compitiendo por ser el más escandaloso y hortera. Limpias calles ambientadas con música y largos pasillos imitando recorridos de Ikea para que puedas pasar por cada tragaperras, nos hacen sentir como en una película de Tarantino. Y el Bellagio nos hace sentir como en un gran resacón con el mérito que tiene conseguir salir con más dinero que con el que entramos. Engancha ver las tragaperras y las esperanzas de dinero fácil. No era nuestro objetivo, solo queríamos sentirlo por un momento y nos vamos a casa con los bolsillos llenos de flyers. Un apretón me hace ver anuncios de sustancias prohibidas publicados en la puerta del baño. La noche no es como imaginamos, las fiestas son privadas para huéspedes de los mejores hoteles y la barra americana nos deja ver a una stripper semidesnuda con la mirada perdida. Así son Las Vegas, una cuidad hecha para quien tiene vicios y necesita ocultar problemas.




Al día siguiente nos hartamos a cervezas en la piscina del hotel y conocemos otros rincones de la cuidad. De día todo cambia. Otro tipo de gente deambula por las calles y ya no nos ven como pervertidos a quien convencer con flyers de chicas desnudas.
Dejamos atrás la cuidad de los hoteles con moqueta y avanzamos hacia uno de esos lugares soñados desde toda una vida. Un lugar tan caluroso que tiene el récord mundial de temperatura máxima. El Valle de la Muerte, esa depresión que miles de años atrás fue un mar. Imaginemos el Mar Muerto dentro de mucho tiempo, ese es Dead Valley. Allí vivimos momentos tensos y momentos donde pudimos sentir la naturaleza en todo su esplendor. Me atraen los desiertos y este, aunque juegue en una categoría inferior, tiene cierto magnetismo. La historia de los tres inconscientes con botellas de agua sabor frambuesa.




Después de la depresión del valle, no la nuestra, subimos a más de 3000 metros sobre el nivel del mar para quedarnos a las puertas de otro gran parque nacional. Yosemite estaba cerca y Mammoth Lakes era la puerta de entrada que habíamos elegido. Mamoth Lakes es un pueblo de montaña, el típico de los jóvenes snowboarding que buscan diversión y nieve para pasar los inviernos. Llegamos de noche y nos alojábamos en un hostal cabaña. No hay aparcamiento asique dejamos el coche mal aparcado y entramos a preguntar por nuestras habitaciones.
-Ey chicos, ¿Qué tal?
-Tenemos una reserva para una habitación triple.
-Ah si chicos, si quieren suban las cosas y aparquen el coche debajo de aquel árbol. Nosotros vamos a una fiesta, si quieren pueden unirse.
Y así es como vimos que Mammoth Lakes es un pueblo de snowboarding que buscan diversión y nieve para pasar los inviernos. Aunque era verano, nieve aún quedaba pero si intentabas surcarla con una tabla posiblemente acabarás en el hospital mas cercano. Vamos, la temporada ya había acabado pero el espíritu alternativo seguía intacto. Para más adelante queda visitarlo en invierno.




Yosemite es el parque que tantas veces hemos visto en los puzles de más de 2000 piezas. El gran capitán, esa roca imponente y la cascada rodeada de un bosque, nos hace sentir en un cuento en el que Bambi nos va a sorprender de un momento a otro. Lo recorremos y lo fotografiamos constantemente pero es tal la cantidad de gente que lo visita que decidimos buscar una posición tranquila y privilegiada. Aparcamos el coche y caminamos por una cuesta sin caminos para llegar a una zona de arbustos donde se podía disfrutar de una vista increíble. Allí comimos nuestros sándwiches y decidimos no sacar más fotos, ya que que mi primo, que vestía una camisa amarillo chillón, nos dejaba deslumbrados en cada disparo. Que mala elección para desentonar con el verde paisaje.


Seguimos hacia el oeste con la intención de hacer noche antes de llegar a San Francisco. En un pueblo de cuyo nombre no logro acordarme, paramos para tomar unas cervezas y comer algo. Dialogamos con el dueño del bar y este, al saber donde nos alojábamos esa noche, gesticula para decirnos… – si es aquí detrás mismo, con el bueno de Miles.
Allí vamos y metiendo el coche en una parcela al lado de la casa lo vemos delante nuestro, dándonos instrucciones para que aparcáramos, que si las llegamos a seguir al pie de la letra, lanzamos el coche ladera abajo. Era un señor de unos 70 años con pintas del americano de los pueblos del oeste. Estaba desaliñado y creo intuir que lo pillamos en mal momento. Patriótico hasta las tracas nos cuenta la historia del pueblo, la de su familia, la del puente de madera más antiguo del oeste y la de todo lo que se le ocurre contar a unos desconocidos que sólo entienden el inglés cuando lo hablan con intención de que los entendamos. A Miles le entendí cuatro palabras sueltas, las demás se las dejé a mi hermano, que es más comprensivo. Yo, muy respetuoso, me hacía el interesado por momentos. Era un señor entrañable, que seguro guardaba en casa unos cuantos rifles igual de entrañables. Declinamos la oferta de ver unos vídeos que había preparado acerca de Yosemite, ya que al parecer la gente suele hacer el recorrido en sentido inverso y visitamos ese puente de madera que si que resultaba ser antiguo y precioso para luego descansar en la que para mí, fue la mejor noche de todo el viaje.


Nos vamos acercando a la cuidad de San Francisco y nos damos cuenta porque los carriles pasan de dos a diez en cuestión de kilómetros. Un enorme atasco nos hace sentirnos de nuevo en una jungla de cemento y asfalto. Con paciencia recorremos las avenidas y nos acercamos al famoso Golden Gate. Si, ese puente de hierro color rojizo que tiene hermanos gemelos en todo el mundo. El de Lisboa es clavadito. Los cruzamos como si estuviéramos conquistando el lejano oeste y llegamos al pueblo de Sausalito, al otro lado de la cuidad. Unas pizzas increíbles nos quitan el hambre y regresamos a la gran cuidad para descansar en el que será nuestro campamento base los siguientes días.


El barrio de Castro es el barrio de la comunidad gay por excelencia. Es bonito, es tranquilo y es…. diferente. Allí teníamos la planta baja de una casa para nosotros solos. O casi, ya que sólo una puerta en el baño nos separaba del otro inquilino. Algún que otro malentendido hizo que la primera toma de contacto fuera más que graciosa. Es que el baño era muy tentador, con taza calefactada y chorros que invitaban a perpetuarse en el trono eternamente.
Negociamos con los dueños para que nos dieran unos ticket de parking para aparcar en la calle legalmente y por un malentendido nunca se los pagamos. Eso sí, el coche quedó perfectamente aparcado, con las ruedas delanteras hacia el bordillo como dice la ley. Y si no lo haces así, multa.




La cuidad es más bonita que Los Ángeles, más compacta y más fría también. Ventosa por momentos, como cuando fuimos a visitar el Golden Gate. No habían manera de sacar una foto en la que no pareciéramos paracaidistas en caída libre. Mucha gente, muchos instagramers y mucho flipado que quiere la foto perfecta. Nosotros preferimos invertir el tiempo paseando por la cuidad y disfrutando de la «rica» gastronomía. Que se entienda la ironía.
De vez en cuando íbamos al supermercado que teníamos cerca de casa, donde nos topábamos todo tipo de personajes y personalidades. Creo que realmente íbamos a por los macarrones con queso, que manera de disfrutar del queso chorreando al lado de la chimenea de casa.




Disfrutamos de los días y de las noches. Un batido de chocolate me marcaba con granos para el resto del viaje, mientras que la acumulación de hamburguesas me subían ya varios kilos desde que partimos. Un concierto de jazz tomando unas copas en una sala oscura fue unos de esos momentos que recordamos una y otra vez.
La prisión de Alcatraz se encuentra en la isla con su mismo nombre. Un paseo en barco por la fría bahía y llegamos a la roca. La prisión está en medio de la isla , vallada y regentada por todas las aves marinas imaginables. La visita de noche tiene el añadido de poder disfrutar viendo la cuidad iluminada desde el mar. Se le nota un cierto aire a New York, aunque mejor no decírselo a un neoyorkino, para ellos, estos del oeste son más paletos. Después del espectáculo que conlleva cualquier atracción americana, con cierre de puertas de las celdas, guardias que te asustas al verlos, encerrarte en el agujero oscuro por unos segundos, etc., partimos de nuevo a San Francisco para comer y dar un paseo nocturno. Es tarde para los habitantes de la cuidad y lo notamos porque ya en las calles solo quedan los vagabundos. Entramos a una hamburguesería regentada por chinos y pedimos algo rápido para salir del paso. De repente entra un vagabundo de raza negra y tras encerrarse en el baño insiste en no querer salir. Los chinos como locos, gritando y dando golpes para que saliera y nosotros en medio de la escena atragantándonos con la hamburguesa. Fuera, más vagabundos, en silencio y sin pedir nada a los viandantes. Un Uber nos lleva a casa, lavamos la ropa, la colgamos delante de la chimenea y nos vamos a dormir para, al día siguiente, retomar la ruta hacia el sur.




Y justamente más al sur se encuentra el lugar con más frikis de la informática del mundo. Esos bichos raros que se ganan la vida programando, innovando y creando todo el mundo virtual que conocemos. Y ganan bien por ello, no como en otros países en el cual incluyo el mío. Silicon Valley en Palo Alto es el pasado y el presente de la informática. Y sin haberlo planeado, allí nos dirigimos. Apple fue la primera parada. Sobria, funcional y hermética, salvo para que gastes unos euros en su súper tienda incluida en su súper edificio. La segunda Facebook, de la cual no soy muy aficionado y la tercera la que más me llamaba la atención, Google. Un trabajador salía del parking privado y aprovechamos que la valla estaba levantada para, con un acelerón, colarnos en el campus. Y allí, dos incultos informáticos y uno no tanto, metidos entre la élite de los ingenieros. Restaurantes, zonas de descanso, campos de juego, y todo tipo de recreaciones están a disposición de los empleados, que al tener acceso gratuito, cambian comodidades por tiempo. Un trueque que ven justos pero en el que, bajo mi punto de vista, siempre gana el mismo. La empresa te consume, no deja que tengas vida fuera de allí para que les entregues lo más valioso que tienes, tu tiempo. Pues si, Google es la más que me llamaba la atención y esto solo es un crítica hacia su sistema de trabajo.


Poco después, siguiendo la ruta cumplo mi promesa de invitar a unas costillas a la barbacoa. Se las debía a mi hermano después de que me cambiará el bombillo de mi coche, asique paramos en un restaurante con el cartel de un cerdito simpático como reclamo. Pedimos las supercostillas y la bebida ,como siempre, esta incluida. En USA casi siempre es así, te incluyen los que ellos llaman refill. Vamos, que bebes todo lo que quieras mientras comes. Recargas una y otra vez tu refresco o incluso tu café si se trata de un desayuno. Sin costo adicional para tu cartera pero si para tu organismo. El chute de Coca-Cola fue tan absurdo que momentos después sentí un subidón de azúcar que me hizo asustarme.


La carretera Hightway One, o autopista uno, conecta las ciudades de San Francisco y Los Ángeles. Es el antiguo camino que existía antes de las mega autopistas y bordea la costa entre playas, acantilados y antiguos puentes de hierro.
Antes de meternos en semejante paraíso para la conducción vamos a retornar un día atrás, o quizás un día adelante ahora que lo pienso. Nuestro alojamiento era la casa de un ex soldado y su mujer, en un barrio costero del pacífico. Llegamos allí de noche y un poco desorientados. Nos recibe en la puerta y después de un «hola» ilusionante, lo demás es puro inglés. Nos dejan solos en la planta baja de la casa y tras darnos permiso para ir al almacén para coger botellas de agua, procedemos a preparar algo para cenar. Básicamente consistió en desvalijarle la despensa del almacén, chocolatinas, latas de conserva, dulces, cereales, y hasta cervezas fueron saqueadas y llevadas a nuestra habitación para saciar el hambre en un lugar donde no habían bares ni restaurantes. El gato miraba atentamente y ellos dormían arriba mientras comíamos y elegimos que cama iba a ser para casa uno de nosotros. Una vez hecho el reparto, dormimos plácidamente en la que creo que eran las habitaciones de unas felices niñas.


Al día siguiente la dueña de la casa nos prepara un café buenísimo y el ex soldado unos huevos revueltos que seguro aprendió a cocinar en medio de alguna guerra. Buenísimos y repetimos. Entre conversaciones los comemos y hablamos sobre nuestras vidas. La guerra, lo que significa ser un ex soldado y las secuelas que quedan después de serlo.
-¿Algún amigo se quedó en el camino?
-He visto morir a más de uno. Y eso te marca.
-¿Tienes armas en casa?
-jajaja por supuesto, más de una, aunque a mi mujer no le haga ninguna gracia.


Al día siguiente o el anterior, que sigo sin recordarlo bien, seguimos por la Hightway One. Pasamos por Santa Cruz, ese pueblo que tanto significa para el surf y un cartel nos informa que más adelante la carretera está cortada, con lo cual, mejor ir por la autopista.
Se ve que el viento de días atrás ha hecho mella en los acantilados y la carretera se ha visto afectada. Aún así, nosotros seguimos sin hacer caso al cartel. Los paisajes son bonitos de verdad y la carretera una delicia para la conducción, asique seguimos.


Pasamos por lugares donde las fotos se sacan solas y vamos viendo que cada vez hay menos tráfico. Preguntamos a los pocos que nos encontramos por el camino y nadie sabe si se puede hacer el recorrido completo. Nos entra la duda de si continuar o no, ya que si seguimos demasiado y luego tenemos que desandar el camino, no llegaremos a tiempo a nuestro siguiente alojamiento.
La impaciencia y el riesgo de quedarnos atascados en medio de la nada hace que demos la vuelta una vez que nos hemos quedado satisfechos con lo visto. Volvemos a Santa Cruz y de ahí cogemos el desvío hacia la carretera que nos llevaría a Los Ángeles.


La autopista nos permite una conducción mucho más rápida y eso me recuerda a los primeros compases del viaje, cuando íbamos por la ruta 66. La mítica carretera que tanta gente recorre al visitar la costa oeste, o eso es lo que parece. Realmente la recorríamos casi en solitario. A unos cuando metros pasaba la autopista, mucho más moderna, que sustituía la ruta 66. Esa estaba llena, motos a toda velocidad la surcaban para solo parar y desviarse a la auténtica ruta 66 a sacarse fotos. Luego, de nuevo a la autopista. Unas cuantas fotos en Instagram y las apariencias se encargan del resto.
Antes de llegar a Los Ángeles y finalizar el trayecto, paramos en una bodega de vinos californianos. El azar nos llevó a una plantación enorme, y se ve que con cierto status dentro de los caldos de la zona. Compramos las preciosas botellas de vino tinto californiano y seguimos por la autopista para encontrarnos con uno de los mayores encantos de la cuidad de las estrellas, los gigantescos atascos. Ya nos lo había advertido el ex soldado
-Creo que vais a tardar seis horas en llegar a Los Ángeles.
-¿Tanto? si el Google maps dice que en dos horas estamos allí, solo son unos doscientos kilómetros.
-Seis horas.
No se la puntería que tendría disparando a los enemigos, pero calculando tiempos en la carretera es todo un franco tirador.




El atasco era lo más surrealista que he visto nunca en la carretera. Una cola de más de ciento cincuenta kilómetros a velocidad de tortuga en una autopista de más de diez carriles a cada lado. Coches y más coches se entremezclaban con el mismo objetivo, llegar a la gran ciudad. Mujeres conduciendo con guantes para no dañarse las manos con el sol, nos hace darnos cuenta de que para ellos, ese es el pan de cada día. Ya casí al final, después de comernos toda la desesperación, nos incorporamos al carril de alta ocupación y avanzamos mucho más rápido hacia el aeropuerto.


Entramos el coche con cuidado en el parking del aeropuerto donde unos pinchos en el suelo te decían, entras pero no sales, y tras mas de 4.500 kilómetros, devolvimos el coche a un señor negro, que pasando de todo, nos dice que todo está «ok». Nos despedimos de esa jungla de asfalto donde en cada minuto que pase, puede ocurrir de todo y donde todo lo que imagines puede ser real. La sensación que me quedó , y es algo que repetí constantemente durante el viaje es… «que gran país».
5 comentarios en “Costa Oeste. USA, que gran país.”
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