El extraño día de la bahía de Ha Long, Vietnam

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Las 6 de la mañana y suena el despertador. Medio acatarrado de la noche anterior, por ver Hanoi en una noche fresca, salgo de la cama sin ganas. Según nos dijo An, nuestro anfitrión, debíamos apresurarnos, ya que el bus que nos lleva a Ha Long, no puede aparcar fuera de los apartamentos. La calle es muy estrecha, las típicas del centro de Hanoi. Puestos ambulantes, motos, gente, animales, todo eso y tan temprano. Desde mi habitación no oigo nada de la jungla que hay fuera. Para eso me aseguro siempre de elegir alojamientos donde se pueda descansar en paz.

Me levanto y descalzo bajo por las escaleras. Aviso a mi hermano, que está en la habitación de abajo. Es una habitación por planta y estamos solos en ese edificio.

An ya está preparando el desayuno. Como no, Pho. Pero ¿en este país no se desayuna otra cosa?. Lo devoramos a sabiendas que no volveremos a comer en horas. Creo que esta vez, hasta me comí la grasa de la carne que flotaba en la sopa.

– Vamos, que ya está el bus aquí, rápido, rapido- nos dice An

Subimos corriendo a nuestras habitaciones, con los dedos de los pies como entradilla en un mundo lleno de muebles. Y zasss, corriendo, con los zapatos en la mano, le doy tal patada a la pata de la cama, que veo las estrellas y me estremezco del dolor. Doblado en el suelo, aviso a mi hermano, pero este ya está abajo, en el rellano, esperando. No se que hacer, me mareo pero en ese maldito momento, solo pienso en un bus lleno de gente, parado en una calle estrecha, con dos mil motos detrás pitando, y esperando por nosotros.

Cojo fuerzas, me levanto y bajo cojeando. Me incrusto las zapatillas y salimos fuera a subirnos al bus.

– Pero, ¿no está aquí todavía?

– Aún está en la calle de atrás, ahora viene -dice An.

No le dí una paliza, seguramente por esa cara de niño bueno que tienen algunos vietnamitas. En ese momento que estuvimos esperando, nos dió tiempo de conocer a nuestro amigo canadiense, que compartiría excursión con nosotros. No más de una veintena de años, rubio, con apariencia formal y conversador. Mi inglés no es muy fluido, asique después de lo básico, dejo que mi hermano siga con la conversación.

Y por fin llega el bus, el cual me imaginaba más grande, y aparca delante de nosotros. Nos despedimos de An hasta la noche y subimos.

Día lluvioso y con niebla y esperaba escoger un sitio tranquilo para descansar durante las 5 horas de trayecto. Pero no, bus lleno, solo faltaban por ocupar los tres asientos correspondientes a nosotros y nuestro nuevo amigo «el rubio». Para complicar más la cosa, esos tres asientos eran los últimos de atrás, los más estrechos y claustrofóbicos. Curiosamente mi hermano y yo somos altos, bastante más que los chinos que ocupaban los asientos holgados del bus. Pero así ha sido el reparto, es lo que tiene ser los últimos en subir.

Nada más sentarme, el dedo del pie empieza a palpitar. Parece que lo están bombeado, dolor intenso, agobio, rubio conversador al lado y Ronnie Coleman venido a menos delante. Se ponen a hablar , americanos y canadiense, y nosotros en medio. Me duele el dedo, y no puedo relajarme. Principios de mareos pero aguanto estoicamente mientras mi hermano me dice que no es nada, que se me irá pasando.

Después de dos o tres horas, no recuerdo bien, llegamos a la única parada de descanso del trayecto. Un lugar extraño, lleno de esculturas y con una cafetería en medio. Típico lugar para intentar vender algo a los turistas. Pero, ¿estatuas y esculturas?. Así es. Parece ser que esas esculturas son de buena calidad, únicas y económicas comparadas con lo que pueden llegar a costar en occidente. Un letrero a modo de cartel, indicaba los pedidos hechos recientemente. Caras, muy caras y con destinos en todo el mundo. Nosotros vamos a la cafetería para tomar un delicioso café vietnamita. Me encantan. Para mi, de los mejores del mundo cuando se preparan bien. Allí vemos a «el rubio», en el mini supermercado, comprando alcohol, no del etílico, y cigarros. Genial, ahora se animará más aún por el camino y seguirá su conversación, falta de contenido interesante, con los americanos.

Resto del trayecto sin interés. Solo campos de arroz a ambos lados de la carretera y la niebla que seguía con la misma intensidad que al principio.

Llegamos a Ha Long y estampida de bajada del bus. Todo el mundo se baja corriendo, mimetizándose con el estilo chino. Esas prisas que no llevan a ningún lado cuando estás viajando.

Subimos al barco y a coger sitio. Creo que tuvimos suerte, a pesar de habérnoslo tomado con calma.

Luego vino el plato fuerte de la excursión, y no me refiero a la preciosa bahía de Ha Long, si no al auténtico plato fuerte, una mariscada con arroces y bebidas. Dicho así suena espectacular, pero nada del otro mundo, salvo que en la mesa coincidimos con dos canadienses, señoras de cierta edad que hablan distendidamente con nosotros. Luego me enteré que se hospeda an en el Hilton y que ni siquiera se bajaron del barco para ver la bahía en detalle.

Los otros compañeros de mesa eran… mmm como describirlos. ¡¡Que tíos más raros!! Un chico de unos veintipico y un hombre de unos cuarenta y bastantes. Uno gótico con modales refinados y el otro el doble de James Bond cuando lo interpreta Daniel Craig.

El pie sube palpitando, con dolor intenso… ¡Necesito hielo!, pero en el barco no hay hielo. Pero si una máquina de karaoke, que parecía sacada de los años dorados de Benidorm. Rogué para que no la encendieran, y así fue, que alivio.

«El rubio» ya estaba en la cubierta, con sus botellas de licor y sus cigarros. El plan perfecto para disfrutar de Ha Long, a su criterio.

Después de un rato contemplando la hermosa bahia, hacemos la primera parada. Un puerto en mitad del mar, repleto de kayaks. Dejamos nuestras cosas al cuidado de las señoras canadienses y subimos a uno de los kayak. Que maravilla. Que entorno. Que peligro, al pasar en un túnel natural bajo la roca y tener que esquivar apresuradamente los barcos a motor repletos de chinos. Ellos son más cómodos. ¿Para que estar dando remo en silencio?.

Ha Long vista desde el mar, en un Kayak, es impresionante. Las montañas con vegetación, tan míticas, tan cerca. Las puedes tocar, y remar en la tranquilidad.

Regresamos al barco y ponemos rumbo sin más dilación a la siguiente parada. Está fue diferente. La playa es preciosa, pero no apetecible para bañarse. Muchos barcos alrededor, el color no invita a meterse y la gente solo deambula sacando fotos.

La cueva es de otro mundo. Enorme, precisosa, llena de estalactitas y estalagmitas. Que barbaridad, no me esperaba que estuviera ahí, tan oculta. Lástima el dedo índice del pie, que solo desea ahogarse en hielo por un buen rato. Dolor, pero aguanto. Que día para partirme un dedo. Si, una rotura o fisura confirmada por una radiografía semanas después.

Una vez vista la cueva, volvemos al muelle donde nos espera el barco. Allí nuestro compañero gótico y Bond llevan rato hablando. ¿Serán padre e hijo? ¿Quizás pareja? Que misterio. Que chico más refinado. Y Bond no habla en todo el camino, y mudo sé que no es.

Vuelta al barco, vuelta al bus y de camino a Hanoi de nuevo. Todos estamos agotados. Un día duro pero bonito. Otra vez la parada de descanso en el sitio de las estatuas. Nos bajamos y nos ponemos a ver en lugar, alejándonos bastante, ya que estamos entretenidos. Es la hora de volver a subir al bus pero no lo vemos en el aparcamiento. Lo buscamos, pero nada. ¿Donde está?… Vueltas y más vueltas y no está por ningún lado, con lo que asumimos que se había ido sin nosotros.

Por suerte, en una de las esquinas, escondido del frío vemos a «el rubio» fumando y con un cigarro sostenido en su oreja. Típico free style que entiende los viajes a su manera. Hablamos con él y nos dice que el bus está por llegar allí. Parece que él sí se enteró bien de las indicaciones. Y así es, subimos de nuevo y está vez cansados de ir en el asiento clautrofobico, decidimos dar el cambiazo. Nos sentamos en los primeros asientos detrás de la puerta trasera, una posición mucho más cómodo. Todo esto a sabiendas que era el sitio del gótico y Bond. Pero, ¿quién ha dicho que los asientos estén reservados?. Que situación más graciosa verlos subir y mirar a su asiento ocupado, para seguir por el pasillo y ponerse en el de la última fila. Resignación total. Ese chico era más alto que nosotros, en ese asiento estrecho. Tan refinado y al lado de «el rubio» con varias copas de más y olor a tabaco. Y que disfrute para nosotros ir en esos cómodos asientos el resto del camino.

Nos aproximamos a Hanoi y el guía, con su inglés vietnamita, indica que se van a hacer varias paradas y cada uno que se baje donde le corresponda. Vaya faena, nosotros nos alojamos en casa de An, en el mismo centro, un lugar irreconocible de noche en el caos de Hanoi. A medida que va parando y bajándose gente, decidimos hacerlo nosotros en la que creemos que es nuestra parada. Nos apeamos del bus y resulta que no nos suena de nada la zona. No pasa nada. Saco el móvil de mi riñonera, que es el que tiene la tarjeta con Internet e intento buscar la dirección para orientarme con Google maps. Me queda un 20% de batería, suficiente para llegar. Pero, teniendo un Huawei, un 20% de batería equivale a un 1% en otras marcas. Ni que decir que me dura 30 segundo el móvil encendido. No me dió tiempo de absolutamente nada.

Situación curiosa. En medio de Hanoi, perdidos, de noche, sin batería del móvil y con un frío de esos que se te mete en el cuerpo. Lo del dedo ya ni lo nombró.

Como es normal, mi hermano coge un buen enfado por mi imprudencia con el móvil. Con lo bonitas que salian las fotos y esos colores en la bahia, me volví loco sacando una tras otra. Y para eso que llevé mi cámara.

El caso es que vueltas y más vueltas. Repetimos los mismos sitios, con lo cual, estábamos dando caminando en círculo. Pedimos un cargador de movil en hoteles y nada. Tampoco en restaurantes, que aunque tienen buena intención, no tienen cargador tipo c. La noche sigue cayendo, gente deambulando, «el rubio» entre ellos, fumando, con la botella de licor en la mano. A él ni le pregunto. Los americanos en otro bar comiendo. Nos invitan y declinamos. Sólo quiero llegar a casa.

Cansados, pero mi hermano, con su esfuerzo de preguntar y preguntar, logra descifrar un mapa y saber orientarse a partir del lago Hoan Kiem. De repente todo me empieza a resultar familiar. Ya estábamos cerca y en el momento justo antes de congelarme en ese aire húmedo de Vietnam. El dedo ya está anestesiado naturalmente de tanto dolor a lo largo del dia.

An tampoco tiene hielo en casa ya que justo hoy ha limpiado el congelador. ¡¡Casualidad!!… Mi dedo se enfada con él, pero no el resto de mi, que sube a la habitación y descansa plácidamente hasta que el día siguiente volvamos a salir a la jungla de Hanoi.

 

 

 

 

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No hago quias de viaje, solo cuento experiencias

Rutas divergentes

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